Nuestra Independencia fue un río alimentado por innumerables afluentes, conspiradores y soldados, mujeres insumisas y sacerdotes combatientes, mensajeros anónimos y pueblos enteros que aceptaron el sacrificio de pelear por una patria que todavía no existía.
Allende fue la espada temprana de la insurrección. Militar de oficio, conspirador por convicción, comprendió que el dominio colonial no caería por benevolencia, sino por el empuje organizado de quienes habían renunciado a la sumisión. En San Miguel el Grande preparó la rebelión; en Dolores acompañó el instante decisivo. En las primeras campañas aportó disciplina a aquel ejército popular que era tempestad, sabiendo que había cruzado el punto desde el que la obsecuencia era impensable.
A su lado caminaron Aldama y Jiménez. Uno llevó a Dolores la noticia de que la conspiración había sido descubierta; el otro puso su conocimiento de ingeniero al servicio de la causa. Los tres compartieron derrota, prisión y muerte. Sus cabezas fueron colgadas junto a la de Hidalgo en Granaditas. El poder quiso convertirlas en advertencia, pero terminó erigiendo, sin proponérselo, el primer altar de la patria insurgente.
También hubo mujeres extraordinarias que hicieron de la inteligencia una forma de heroísmo. Josefa Ortiz golpeó con el tacón el suelo de su encierro para advertir que la conspiración estaba perdida. Aquel llamado apresurado fue uno de los aldabonazos de la historia. Leona Vicario financió la rebelión, transmitió información, protegió combatientes y escribió en defensa de su libertad. Indispensable protagonista, eligió sus convicciones por encima de fortuna, seguridad y reposo.
Más tarde, cuando la primera generación insurgente había sido sacrificada, la llama no se detuvo. Galeana y Matamoros dieron vigor militar a las campañas de Morelos. Mina, español de nacimiento y enemigo del absolutismo, cruzó el océano para combatir por una libertad que entendía universal. Su fusilamiento demostró que la causa mexicana pertenecía también a la conciencia liberal del mundo.
Y cuando todo parecía reducido a montañas, caminos clandestinos, “cuevitas” y pequeñas guerrillas, el imbatible Vicente Guerrero perseveró. Resistió derrotas, indultos y aislamiento. Desde el sur custodió la última brasa hasta convertirla nuevamente en incendio. En 1821 hizo posible la consumación de la Independencia. Años después, como Presidente, decretó la abolición definitiva de la esclavitud. La patria le pagó con traición y fusilamiento, pero la historia le reservó una justicia más alta.
Recordarlos y recordarlas es comprender que México nació muchas veces. En una conspiración descubierta, en una carta clandestina, en un campo de batalla, ante un pelotón de ajusticiamiento. La libertad fue levantada por manos distintas y pagada con vidas irrepetibles. Por eso, cada septiembre no solo celebramos el principio de la guerra; honramos a las y los guerreros que aceptaron morir para que una nación aprendiera a vivir de pie. Merezcamos su sacrificio.
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