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Sinaloa, la deuda de la paz

Sinaloa, la deuda de la paz

Columnas jueves 17 de septiembre de 2026 -


Bajo la consigna: “Sinaloa está de pie” Culiacán volvió a vestirse de blanco para exigir lo que debería ser un derecho elemental: vivir en paz. Es el grito de una sociedad que se niega a morir, que recuerda y exige respuestas porque detrás de cada cifra de violencia, hay una familia que espera, una madre que busca, un hijo que no regresa y una sociedad que lleva dos años pagando con miedo la guerra entre Los Chapitos y Los Mayos del Cártel de Sinaloa.

La marcha no fue un acto de nostalgia por un estado que alguna vez conoció la tranquilidad. Fue una denuncia contra la normalización de la tragedia. Más de 3 mil asesinatos y aproximadamente 6 mil desapariciones, de acuerdo con las cifras planteadas para esta movilización, no son el saldo inevitable de una disputa criminal. Son la evidencia de una emergencia que ha desbordado la capacidad de las instituciones para proteger a la población.

A las siete de la mañana, familias, jóvenes, colectivos de búsqueda y representantes de distintos sectores de la sociedad se reunieron para participar en una misa y después caminar por las calles de la capital. Vestidos de blanco, con globos, pancartas y fotografías de quienes ya no están, los sinaloenses hicieron visible una verdad que el poder suele intentar esconder detrás de comunicados, operativos y promesas: la violencia no se mide únicamente en muertos, sino en la vida que les arrebata a los que siguen vivos.

Porque una desaparición no termina cuando se pierde el rastro de una persona. Comienza entonces una condena para sus familiares. La incertidumbre se instala en la mesa, en el teléfono, en cada recorrido. La esperanza convive con el agotamiento y la impotencia. Mientras tanto, el Estado parece pedir paciencia a quienes llevan meses o años esperando respuestas.

Martha Elena Reyes Zazueta, presidenta de Coparmex, en Sinaloa, expuso latransformación silenciosa que ya se apoderó de la vida cotidiana. “Hoy avisamos cuando llegamos, preguntamos por dónde vienen nuestros hijos y nos preocupamos si alguien tarda”. No se trata de una precaución pasajera. Es una forma de vivir bajo vigilancia permanente, de revisar horarios, rutas y mensajes, de convertir cada traslado en una posible amenaza.

“Hemos aprendido a vivir con una angustia que antes no se formaba y eso duele”, señaló. Esa frase debería retumbar en los escritorios de quienes toman decisiones. ¿Qué clase de normalidad es aquella en la que una madre necesita confirmar que su hijo llegó a salvo? ¿Qué futuro puede construirse cuando la libertad de salir, trabajar, estudiar o visitar a la familia depende de la hora y del lugar?

Así las cosas, las calles de Culiacán dejaron este domingo un mensaje que ningún gobierno debería ignorar: la sociedad está cansada de sobrevivir y exige volver a vivir.

@guillegomora





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