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La independencia como hipótesis

La independencia como hipótesis

Columnas jueves 17 de septiembre de 2026 -


La independencia es una de las palabras —uno de los conceptos, también— más atractivos universalmente. Es útil porque es rentable en cualquier escala. Políticamente, constituye el atributo esencial de la soberanía exterior, y de hecho fue la independencia de los Estados la que dio origen al Estado moderno, a partir de que, en el siglo XVII, se deslindó a los reinos de toda autoridad supranacional, ya fuese la del imperio o la del papado. Pero a nivel individual, la independencia es indisociable de la libertad. Por eso quien depende de un salario específico para sobrevivir o pagar sus deudas se siente esclavizado por su trabajo o por su empleador, y por eso también los jóvenes que azotan puertas, llegan tarde y salen mal en la escuela, todo ello bajo el techo parental, no son ni libres ni auténticos, porque no son autónomos: son solo malcriados. Por eso, además, la independencia no es un estado al que se llega mediante su sola declaración, aunque los rituales políticos así lo exijan. Es, de hecho, una hipótesis sujeta a comprobación cotidiana.
Debemos partir de un hecho incómodo: la independencia absoluta no existe en ningún nivel. La complejidad de cualquier organización o estructura provoca interacción humana, que debe ser libre, por regla general, o al menos consciente. Ninguna economía sobreviviría si todas las transacciones tuvieran que llevarse a juicio, y ningún orden jurídico sirve para nada cuando todas sus normas son violadas por todos sus destinatarios todo el tiempo (y no, la frase de tu cuate el nihilista de Tecate, esa de que "pues aquí nadie respeta la ley y ve, no pasa nada", no resiste la menor prueba empírica).
Ahora bien, el punto es que las relaciones humanas basadas en el consentimiento de reglas comunes le van quitando margen de maniobra al individuo, a lo que se agregan los límites estructurales que su realidad le imponga (otra vez: aquí está el estudiante que odia al Estado pero va a la escuela pública, y odia a sus padres pero tiene que llegar a dormir a su casa y agarrar comida de su refri; esos malditos). A lo que se puede aspirar, si uno toma buenas decisiones y evita riesgos mayores, es a que su vida se componga de una interdependencia respetuosa, con obligaciones manejables.
Con una disculpa anticipada por la analogía simplona, esto también sirve para entender el grado de independencia que puede tener un país, no solo respecto de otros, sino respecto de sus propias élites, de actores económicos internacionales y hasta de fenómenos disruptivos (huracanes, avances tecnológicos, lo que sea). Un país con élites extractivas que vive para condonarle impuestos a los ricos nunca logrará nada, salvo beneficios para esos mismos ricos; pero una unidad política en una situación geográfica incómoda, como Bielorrusia respecto de Rusia, México respecto de Estados Unidos o Morelos respecto de Guerrero y el Estado de México, necesariamente deberá tomar sus decisiones previendo las consecuencias indeseadas que pueda provocar en sus vecinos. Lo interesante es que esto opera en dos direcciones, porque tampoco es cierto que un agente poderoso (Estados Unidos, China, Walmart o un cártel de narcotráfico) pueda hacer su plena voluntad sin preguntarle a nadie y sin ninguna consecuencia para su propia estabilidad. Por eso se habla de interdependencia y no de servidumbre, aunque a algunos les cueste trabajo entenderlo.
Si aceptamos eso, la pregunta deja de ser retórica y se vuelve práctica: ¿cómo se mide la independencia de un país? Propongo tres pruebas, todas ellas aburridas y ninguna susceptible de caber en una consigna. La primera es la capacidad de decir no y pagar el costo. Cualquiera puede negarse a algo; lo difícil es sobrevivir a la negativa. Un país que no puede recaudar impuestos no tiene margen para negarse a nada, porque quien no tiene dinero propio termina obedeciendo al que se lo presta. La segunda es la capacidad de sostenerse: alimentaria, energética, tecnológica, institucionalmente. Nadie produce todo lo que consume, y ni caso tiene intentarlo, pero un país cuyas exportaciones, remesas, turismo y cadenas de suministro dependen todas del mismo vecino, no es independiente, sino codependiente. Por último, otra prueba es la capacidad de cumplir lo prometido. La credibilidad es un activo político esencial. Porque un socio (o amigo, o pariente, o amante) que cambia las reglas como cambia de ánimo, se vuelve impredecible, y no es independiente, en el mundo actual, quien no goza de la confianza de nadie.




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