Existe una diferencia fundamental entre una sociedad que debate y una sociedad que pelea. La primera construye. La segunda se desgasta.
Durante años escuchamos que la polarización era una consecuencia inevitable de la democracia. Se nos dijo que las diferencias eran parte de la vida pública y que el contraste de ideas fortalecía a las instituciones. Eso es cierto. Lo que no resulta normal es la creciente incapacidad para reconocer la legitimidad de quien piensa distinto.
Hoy pareciera que discrepar ya no es suficiente. La lógica dominante exige tomar partido de manera absoluta. Quien no coincide plenamente con una posición es señalado por unos como adversario y por otros como traidor. Los matices han desaparecido del debate público y con ellos se ha ido perdiendo algo indispensable para cualquier democracia: la capacidad de construir acuerdos.
Las redes sociales han profundizado esta dinámica. La indignación se comparte más rápido que la reflexión. El insulto recibe más atención que el argumento. La descalificación genera más interacción que la propuesta. Poco a poco, esa lógica ha terminado por contaminar espacios que deberían funcionar bajo reglas distintas.
El problema es que ninguna sociedad puede prosperar indefinidamente sobre la base de la confrontación permanente. Los países avanzan cuando son capaces de procesar sus diferencias sin convertir cada desacuerdo en una batalla existencial. La historia de las instituciones demuestra que los grandes cambios rara vez son producto de la unanimidad. Por el contrario, suelen surgir cuando personas con visiones distintas encuentran puntos mínimos de coincidencia para resolver problemas comunes.
México enfrenta enormes desafíos en materia de seguridad, crecimiento económico, educación, salud y justicia. Ninguno de ellos podrá resolverse mediante campañas permanentes de descalificación. Ninguno encontrará solución en la simple división entre buenos y malos. Los problemas complejos exigen respuestas complejas, y las respuestas complejas requieren diálogo, disposición y altura de miras.
Quizá una de las mayores paradojas de nuestro tiempo sea que contamos con más herramientas para comunicarnos que nunca y, al mismo tiempo, parecemos menos dispuestos a escucharnos. Hemos confundido hablar con dialogar y responder con comprender.
La fortaleza de una democracia no se mide por la intensidad de sus confrontaciones, sino por su capacidad para transformar las diferencias en decisiones útiles para la sociedad. El desacuerdo seguirá existiendo, como debe existir en cualquier régimen de libertades. Lo preocupante es que estemos perdiendo la capacidad de convivir con él.
Cuando una sociedad deja de ver ciudadanos y comienza a ver enemigos, el deterioro institucional no tarda en aparecer. Y cuando la confrontación se convierte en un fin en sí mismo, las victorias de unos suelen terminar siendo las derrotas de todos.