Hablar de paz es hablar de justicia, de oportunidades y de comunidad. Durante muchos años, la conversación pública ha colocado a la seguridad únicamente en el terreno de las instituciones encargadas de prevenir y combatir el delito. Sin embargo, construir la paz exige una mirada más amplia: requiere fortalecer el tejido social, generar espacios de convivencia y abrir caminos para que las nuevas generaciones encuentren en el arte, la cultura, el deporte y la música herramientas para expresar su talento y transformar su realidad.
La música, en particular, ha sido históricamente un puente entre las personas. Tiene la capacidad de unir generaciones, derribar prejuicios y convertirse en una poderosa forma de identidad. En cada colonia, barrio y comunidad de nuestro país existen jóvenes que encuentran en una canción una oportunidad para contar su historia, compartir sus sueños o alejarse de los caminos de la violencia. Escuchar esas voces también es una forma de construir un México más justo.
Desde la Cámara de Diputados hemos impulsado la apertura de espacios para que el arte, la cultura, el deporte y la música formen parte de la agenda pública. No se trata únicamente de promover espectáculos o actividades recreativas; se trata de reconocer que estas expresiones son instrumentos de transformación social, capaces de fortalecer la convivencia, prevenir la violencia y generar sentido de pertenencia entre las y los ciudadanos.
La cultura no debe ser un privilegio, sino un derecho al alcance de todas y todos. Cuando una niña aprende a tocar un instrumento, cuando un joven encuentra en la composición musical una forma de expresar sus emociones o cuando una comunidad recupera sus espacios públicos mediante actividades culturales, estamos sembrando condiciones para una paz duradera. La prevención comienza mucho antes de que aparezcan los problemas; comienza cuando existen oportunidades.
En ese sentido, resulta significativo que la presidenta Claudia Sheinbaum impulse una visión en la que la cultura ocupe un lugar central dentro de la transformación del país. Abrir las puertas de la conferencia matutina a expresiones musicales que conectan con millones de jóvenes, como ocurrió con la participación de El Bogueto, envía un mensaje claro: el Estado también debe dialogar con las nuevas generaciones desde sus propias formas de expresión.
Reconocer los nuevos géneros musicales y escuchar a quienes hoy marcan el pulso cultural del país no significa renunciar a nuestros valores ni dejar de promover contenidos responsables. Significa entender que la realidad de México es diversa, dinámica y profundamente creativa. Gobernar también implica escuchar, incluir y generar puentes con quienes durante mucho tiempo fueron ignorados por las instituciones.
La paz no se impone; se construye todos los días. Se construye cuando un espacio público se llena de música en lugar de violencia, cuando una cancha deportiva sustituye al abandono, cuando una casa de cultura abre sus puertas a niñas, niños y jóvenes, y cuando las instituciones reconocen que el talento de nuestra gente merece ser impulsado.
México cuenta con una enorme riqueza cultural que debe convertirse en una política permanente de desarrollo social. Apostar por el arte, la música, el deporte y la cultura es apostar por comunidades más fuertes, por juventudes con mayores oportunidades y por un futuro donde la convivencia prevalezca sobre la división.
Porque construir la paz también significa escuchar las voces de nuestro tiempo. Y cuando la cultura ocupa el lugar que merece dentro de la vida pública, el país entero encuentra nuevas razones para creer, participar y avanzar unido. Esa es la ruta que debemos seguir: una ruta donde la transformación también tenga ritmo, identidad y esperanza.
María Rosete