Para validar las declaraciones de un vecino que califica a alguien de delincuente se requiere tener muy frágiles conocimientos sobre lo propio.
Si a esto sumamos que el vecino no se caracteriza por su sinceridad ni por su honradez, nos encontramos con visos de enajenación mental, pero, principalmente, hay una total falta de credibilidad en los medios, de tal suerte que otorgan mayor confianza a los medios de otro país que a los de casa.
Si añadimos que el vecino tiene como jefe supremo a un pedófilo asesino, megalómano y delirante, la estulticia aumenta considerablemente de os ingenuos.
En su mayoría son personas carentes de información real, más cercanos a la irracionalidad que a la reflexión. Manipulados por los medios consideran que su visión distorsionada de la realidad debía prevalecer y defienden su punto de vista como si tuvieran testimonios y evidencias. Ya no se exige amar a su país sino tener un poco de amor a sí mismos.
Hacer de las palabras del vecino una verdad absoluta sin poner en duda sus palabras, a pesar de sus antecedentes de oportunista invasor y explotador constante, habla también de una buena dosis de masoquismo, que debería atenderse con un poco de ilustración.
Desde hace años la guerra cultural es parte de la expansión territorial de Estados Unidos y la manipulación es una de sus principales herramientas, nadie desconoce esto, y a pesar de estos antecedentes todavía hay quien se atreve a hacer pública su credibilidad en el enemigo, esto resulta por demás absurdo.
Así sucede con muchos mexicanos, a los opositores, integrantes de partidos políticos se les puede contar como una manera de hacer política ante la escasez de propuestas y nulidad para elaborar proyectos, pero hay gente, común y corriente que está convencida de que el enemigo tiene razón sobre lo que sucede en México y lo afirma como si tuviera alguna autoridad sobre nuestra realidad, cayendo en expresiones que deberían avergonzarlos de por vida, porque muestran el odio que siente por sí mismos, producen lástima pero se consideran superiores.
Más allá del nacionalismo o la soberanía, está el sentido común, la lógica, que dicta que no puede haber malos sólo porque alguien, que perdió la cordura y la credibilidad, lo dice. Hay noticieros y comentaristas que pasan días enteros ocupados en darle solidez a las mentiras que llegan de Estados Unidos, crean debates y trincheras para defender lo que a simple vista, es mentira, pero engañan sin que la gente se queje, todo porque viene de un lugar que consideran superior al nuestro. Así les enseñaron sus abuelos a sus padres y sus padres a ellos. Es decir, la educación en casa estaba carente de verdad, y a la hora que deben darse cuenta, todavía no abren los ojos.