La discusión educativa en México suele envenenarse cuando el poder confunde evaluación con agresión. Y sin embargo, por incómodos que resulten, los datos no desaparecen: en PISA 2022, México quedó por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias; obtuvo 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias.
Ese rezago no es un detalle técnico ni una humillación importada. Es una señal de alarma sobre un sistema que no está logrando que una mayoría de sus jóvenes alcance siquiera el piso mínimo de competencia. En matemáticas, apenas 34% de los estudiantes mexicanos llegó al nivel 2 o superior, frente a 69% en promedio de la OCDE; en lectura fue 53% contra 74%, y en ciencias 49% contra 76%
Ahora bien, los gobiernos que enarbolan ideologías resentidas no suelen batallar mucho cuando alguien (quien sea) los evalúa negativamente; el mismo resentimiento les permite ser descreídos y hasta violentos con los evaluadores. Para ellos, una mala evaluación habla, en todo caso, de la ceguera o maldad de quien evalúa o quien diseña los exámenes.
Ha pasado en todas partes, y algunas experiencias de protesta han tenido mejores argumentos que otras. Por ejemplo, el hallazgo en el sistema educativo de los Estados Unidos de que, casualmente, los estudiantes caucásicos salían mejor, estadísticamente, que el resto, y además esa tendencia se reproducía en el mundo fuera de la escuela. Lo que escondía el examen estandarizado materia de esa investigación era, precisamente, desigualdades estructurales que se reproducían con instrumentos seudo científicos. Todo mal, pues.
Dicho lo anterior, nunca es ventajoso para un país promover la ignorancia y estigmatizar a sus letrados. Parecería obvio, pero muchos rasgos de la política educativa de la 4T (aunque no solo de ella) parecen aborrecer los indicadores que permiten conocer y reconocer el mérito, tanto de estudiantes como de profesores. También es una consecuencia del resentimiento victorioso, que desconoce el mérito individual y adora la igualación hacia abajo.
Un problema de muchos es que los países que sí desarrollan a sus élites académicas y científicas, no nos dan puntos ni por barcos ni por justiciero. Otro, que paradójicamente las divisiones entre la educación de calidad y la que reciben todos los demás, aumenta. Lero Lero, maromero. Supongo.