Por años hemos escuchado que el futbol es el deporte que más pasiones despierta en nuestro país. Lo vemos cada fin de semana en las canchas de barrio, en las reuniones familiares y en las calles donde una simple pelota es capaz de reunir a niñas, niños, jóvenes y adultos. Hoy, México vuelva a hacer historia como sede de la Copa Mundial de la FIFA, esa pasión se ha transformado en una energía colectiva que se siente en todos los rincones de nuestra nación.
Como orgullosa mujer de Tepito, conozco de primera mano lo que significa encontrar en el deporte una fuente de esperanza, identidad y comunidad. En nuestros barrios, el futbol no es solamente un espectáculo; es una herramienta para construir amistades, fortalecer valores y abrir oportunidades. Por eso, el Mundial representa mucho más que una serie de partidos: es una oportunidad para mostrar al mundo la grandeza de México y la fuerza de su gente.
La emoción mundialista ya comenzó. Se percibe en las conversaciones cotidianas, en los comercios que empiezan a prepararse, en las familias que sueñan con asistir a un partido y en las nuevas generaciones que imaginan vestir algún día la camiseta nacional. Esta ilusión compartida tiene un enorme valor social porque nos recuerda que, más allá de nuestras diferencias, existen causas y momentos capaces de unirnos.
México será observado por millones de personas alrededor del planeta. Tendremos la oportunidad de exhibir nuestra riqueza cultural, nuestra gastronomía, nuestras tradiciones y, sobre todo, la calidez humana que caracteriza a nuestro pueblo. Quienes nos visiten descubrirán un país moderno, creativo y lleno de talento, pero también un país orgulloso de sus raíces y de su diversidad.
Además, el Mundial traerá beneficios importantes para la economía. La llegada de visitantes nacionales e internacionales impulsará sectores como el turismo, el comercio, los servicios y la actividad cultural. Miles de pequeñas y medianas empresas podrán aprovechar esta ventana de oportunidad para crecer y generar empleos. Desde los mercados tradicionales hasta los emprendimientos más innovadores, muchos mexicanos encontrarán en este evento una plataforma para mostrar su trabajo al mundo.
Sin embargo, el verdadero legado del Mundial debe ir más allá de las cifras económicas. Debemos aprovechar esta coyuntura para fortalecer el tejido social, promover el deporte entre la juventud y recuperar espacios públicos que permitan una convivencia sana y segura. Cuando una niña o un niño tiene acceso a una cancha, a una actividad deportiva o a un entorno comunitario positivo, también tiene mayores posibilidades de construir un proyecto de vida con más oportunidades.
Desde la Cámara de Diputados tenemos la responsabilidad de acompañar este proceso con una visión de largo plazo. El éxito del Mundial no debe medirse únicamente por lo que ocurra durante unas semanas, sino por la capacidad de convertir este entusiasmo en beneficios permanentes para nuestras comunidades.
Hoy vivimos una auténtica fiebre mundialista, pero una fiebre positiva: una que inspira, que convoca y que nos invita a sentir orgullo por nuestro país. En tiempos donde con frecuencia predominan las noticias que dividen o preocupan, vale la pena reconocer aquellos acontecimientos que nos permiten mirar hacia adelante con optimismo.
México está listo para recibir al mundo. Y el mundo encontrará un país trabajador, alegre y resiliente, que sabe organizar grandes eventos y que nunca pierde la capacidad de soñar en grande. Que este Mundial sea una celebración del deporte, pero también de la unidad, la inclusión y la esperanza.
Porque cuando México juega, millones alentamos desde distintos lugares. Y cuando México recibe al mundo, demostramos que nuestra mayor fortaleza siempre ha sido nuestra gente.
María Rosete