En mayor o menor medida, los guerreros de la justicia social han existido siempre. Y lo cierto es que, en principio, el mote no debería ser peyorativo. De ese lado estaban quienes abogaron por el igualitarismo ante la ley, y quienes abogaron por casi todos los derechos que hoy damos por sentados en los Estados constitucionales. Hoy, empero, la expresión SJW (social justice warrior) se USA para referirse a las personas que comparten símbolos comunistas desde un iPhone, o a esos que están más preocupados por censurar chistes en chats privados que por pagar sus propios impuestos. Su virtud no es la nobleza, sino el narcisismo victimista; su única arma es la indignación, porque para cambiar las cosas se necesita de tiempo, trabajo, comprensión, y ellos siempre están en busca de la validación inmediata. Por eso su opción nuclear es la "cancelación" en el mundo virtual, y es un castigo que solo tiene relevancia para quienes viven, precisamente, de la economía de atención en las redes sociales (y que no son pocos).
En fin, traigo a cuento a esta fauna intelectual porque vivimos tiempos descarados en su degeneración, que premian abiertamente la conducta criminal, las mentiras, los abusos de poder y el insulto al intelecto de las audiencias. Y esto también es cíclico, ya saldremos. Pero en esta iteración, los SJW pusieron su grano de arena y quiero ponerlo en papel: los derechos sociales y las políticas progresistas son valiosas en sí mismas, pero ni se pueden sostener a gritos ni pueden medir su avance con criterios revanchistas. En Estados Unidos (pero no solo ahí), décadas de violencia identitaria e inclusión forzada crearon una mayoría silenciosa que ha elegido como líder del mayor ejército y la mayor economía del mundo, a un criminal convicto y delirante que además está muy viejo, así que las consecuencias de sus actos a largo plazo le importan un bledo.
Los movimientos por la justicia social ganan cuando muestran resultados verificables, cuando deben rendir cuentas ante la evidencia y cuando trabajan desde la cohesión cívica, no desde la confrontación permanente. El progreso (si existe), no se sostiene con resentimiento perpetuo, sino con reformas que duren, con instituciones que funcionen y con un público que entienda que la democracia se nutre tanto de la empatía como del escrutinio y que tarde o temprano lleven al consenso o a la reconciliación. De nuevo, no es que yo sepa cómo se hace rápidamente, pero me frustra que los bandos de fanáticos ni siquiera creen que eso sea necesario, es como si anhelaran secretamente la aniquilación del otro. Y eso no está padre.
La historia muestra, a veces, que las conquistas sociales más profundas han llegado cuando ha habido paciencia, articulación y una ética de diálogo. No cuando se confunde la lucha con la exhibición de una supuesta superioridad moral. Los derechos que hoy damos por hechos —el voto, la igualdad ante la ley, la protección a minorías, el acceso a la educación y a la salud— no cayeron del cielo; fueron conseguidos a fuerza de lucha, negociación, desplazamientos de poder y, sí, de errores que aprendieron, de alianzas que se forjaron en medio del desgaste y de la voluntad de sostener, a lo largo de años, un proyecto común.
Si algo nos deja este momento es un recordatorio incómodo: la polarización facilita fichas de dominación en vez de consensos. Cuando todo se reduce a etiquetas, cuando la crítica se transforma en culto a la obscenidad; cuando la complejidad de los problemas sociales se ahoga en el ruido de la indignación, la democracia se va, y entre aplausos. Aguas ahí.