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Canción sin nombre

Canción sin nombre

Columnas jueves 21 de enero de 2021 -

Por Antonio Rodríguez

Los indígenas de todos los países siempre son un adorno, una figura decorativa que resulta llamativa incluso para sus mismos connacionales. Los indígenas de Latinoamérica desde tiempos de la conquista han sido los grandes perdedores de este cuento llamado vida, que a pesar de los años, siempre quedan relegados a una imagen parte del panorama social, mas no una parte integral de la misma.

Decir que una película – por muy bien hecha que esté- da voz a cierta etnia o a cierta minoría, es pedirle mucho al cine, no es obligación del arte dar voz a nada, y menos aún, intentar penetrar en el sentido político que rige a un país o nación en pro de dicha minoría.

Lo anterior es bien entendido por Melina León, directora novel, que basada en una investigación periodística de su propio padre, realizada en los años ochenta, sacó a luz, una red de tráfico de bebes en Perú, y en la cual estaban inmiscuidos desde médicos hasta magistrados y agentes internacionales, que Melina se dedica a mostrar.

Georgina es una mujer indígena que vende papas en el mercado municipal, mientras su marido se dedica tocar música andina. Próxima a dar a luz encuentra una clínica de maternidad que promete ayudarle con el parto y la invita a despreocuparse por los costos. Georgina nunca llega a ver a su hija recién nacida, le dicen que ha habido un problema y que la bebe ha sido enviada a otro hospital, dicho esto, las enfermeras le sacan a rastras y su martirio comienza.

Melina León casi sin recursos entrega una obra redonda, en momentos peca de parsimonia y en otros de una belleza poética visual, retratando los irés y venires de una mujer que sube y baja del cerro; imágenes hermosas y potentes que se devanean entre la neblina gélida la mañana y la oscuridad de la noche, Recordándonos a Bergman en el séptimo sello (1957) o a El abrazo de la serpiente (2015), ocupando el blanco y negro, que funciona en muchos sentidos como homenaje al noir, como recurso dramático, o para aminorar costos de producción.

Canción sin nombre hace referencia a una canción autóctona que canta nuestra protagonista de manera catártica a su hija perdida, pero también es el alarido eterno de una mujer que viéndose ignorada por las autoridades decide gritar la ignominia sufrida, el grito que despierta otros tantos gritos de otras tantas mujeres que al igual que Goergina fueron – o deberíamos decir, han sido o mejor dicho siguen siendo- arrebatadas de sus hijos recién nacidos.

Quien se sienta tentado a comparar con Roma de Cuarón, se dará cuenta bien pronto que no solo es infructuoso sino irrespetuoso y que la canción de Melina, brilla con “luz” propia.


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/CR

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