Más pronto cae un hablador que un cojo, reza el refrán, y esta semana Tatiana Fontalvo, directora general de Fanki, lo comprobó en carne propia. Con pecho inflado y tono de quien llega a salvar al mundo, la ejecutiva anunció hace unas semanas que su “pequeña boletera de origen colombiano” iba a tomar el control de la venta de boletos del otrora Estadio Azteca —hoy Banorte— desplazando nada menos que a Ticketmaster. Lo dijo clarito: “Nosotros sí hacemos bien las cosas”. Punto.
El miércoles, durante la preventa del partido de exhibición México-Portugal con Cristiano Ronaldo como gran gancho, la plataforma de Fanki simplemente se desplomó. Hasta el mediodía el sitio no cargaba ni el home, mucho menos permitía comprar boletos. Cero, nada, un auténtico papelón digital. Las redes sociales ardieron: memes, capturas de pantalla con el eterno circulito cargando, y un clamor casi unánime: “¡Devuélvannos a Ticketmaster!”.
Y es que la memoria colectiva no falla. Ticketmaster podrá ser odiado pero cuando se trata de mover 87 mil boletos para un América vs Chivas, un concierto de Taylor Swift o final de Copa Libertadores, la plataforma aguanta. Puede hacerte odiar la vida durante 40 minutos de espera, pero al final entra, compras y te da tu boleto. Funciona. Punto.
Fanki, en cambio, no pasó ni la prueba de fuego más básica: una preventa de un partido amistoso. Si colapsa con esto, ¿qué podemos esperar cuando llegue un Clásico Nacional, un concierto de Bad Bunny con 300 mil personas en cola o, Dios no lo quiera, una final de Mundial. Porque el Estadio Banorte no es un teatrito de provincia; es el recinto más importante de Latinoamérica y uno de los más grandes del mundo.
Lo barato sale caro, dice otro refrán que se hizo presente en miles de aficionados mexicanos. Contratar a una empresa sin la infraestructura, la experiencia ni la robustez necesaria para manejar eventos masivos puede sonar bonito en la junta directiva (“¡vamos a apoyar a la boletera latinoamericana!”), pero cuando el sistema se cae y dejas a decenas de miles de aficionados furiosos, el ahorro de unos pesos se convierte en una crisis de reputación monumental.
Ticketmaster no es perfecta, ni pretende serlo. Pero lleva décadas lidiando con lo que nadie más en México ha podido: picos de hasta millones de usuarios concurrentes, ataques de revendedores profesionales, fallas de internet en todo el país y la presión de que si fallas, te linchan en redes. Eso genera músculo. Eso genera experiencia. Eso, guste o no, genera confiabilidad.
Fanki quiso correr antes de gatear y se dio de bruces contra el piso. Tatiana Fontalvo y su equipo tienen ahora dos opciones: aprender rápido, invertir lo que haya que invertir y construir una plataforma que realmente aguante, o seguir presumiendo que “ellos sí hacen bien las cosas” mientras los aficionados mexicanos, hartos, piden a gritos el regreso del “malo conocido”.
Porque en el fútbol y en los espectáculos masivos, la gente no quiere experimentos. Quiere entrar al estadio. Y para eso, por ahora, con todos sus defectos, solo hay un nombre que ha demostrado que puede: Ticketmaster.
Ojalá Fanki aprenda la lección. Porque la próxima caída puede no ser solo digital… puede ser definitiva.
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Musicología
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