El padre es la patria inicial. El primer territorio donde uno aprende lo que significa pertenecer. Antes de conocer mapas, lo conocemos a él. Antes de entender fronteras, entendemos su función. Es él quien traza el primer círculo seguro, y uno crece creyendo que el mundo es tan ancho como esa circunferencia. Que afuera puede haber tormenta, pero adentro, en su voz, hay hogar.
No elegimos al padre como no elegimos el lugar donde nacemos. Nos toca, y, en esa lotería, aprendemos la primera lección filosófica: que el amor no nace del mérito, sino del vínculo. El padre nos quiere antes de que sepamos hablar, antes de que saquemos seis o rompamos un vidrio, quememos la alfombra, perdamos el camión, choquemos el auto prestado, regresemos de día de la fiesta de anoche o aleguemos con la madre hasta el cansancio, allá cerca de las playas.
Nos quiere con la inmensa gratuidad con que una tierra te da nombre, aunque no hayas hecho nada para merecerlo. Por eso duele tanto cuando falla; pero cuando acierta, aunque sea a medias, aun torpemente, entonces funda algo. Ahí nace la ética, mucho antes que en los libros, en el crédito que le damos a su palabra.
La patria es cuerpo antes que idea. Es comida en la mesa, viajes a Juárez a la menor provocación; es el primer libro, es Tijuana con alberca; aquel Porsche rojo y mi más interesante serie mundial (Padres 1-Yankees 4, 1998).
El padre-patria tiene olor a oficina, a taxi, a esfuerzo, a logros. Y uno, sin saberlo, va memorizando ese olor como se aprende el petricor; es un aroma de certeza, paz, esperanza, prosperidad.
Por eso, cuando muere, no se muere un hombre, se derrumba un país. El teléfono suena: “Vente ya, para despedirte”… y luego de dos aviones, de pronto, ante tus ojos llorosos, el territorio de la infancia queda ocupado por la ausencia. Vas a su cuarto y la loción sigue ahí, pero ya no nombra a nadie: igual con sus botas y sombreros. Descubres que la patria era él caminando por el pasillo en la madrugada, regresando de un operativo o de una audiencia; preguntando si ya cenaste, si ya estudiaste para el examen. Descubres que una nación entera cabía en su risa. Y que ahora te toca navegar ese mapa, pero sin coordenadas.
Los griegos decían que la ley y la autoridad vienen del padre: “Patria potestas”, pero la ley sin abrazo es dictadura. El padre-patria que solo sabe de reglas cría hijos que confunden amor con obediencia. El padre-patria que solo sabe de abrazos cría hijos que confunden amor con impunidad. La sabiduría está en el equilibrio que casi ninguno logra: ser frontera y puerto; redil y correa; base de lanzamiento y torre de control. Le cuento más el jueves.
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