Cuando Dédalo, comisionado por el Rey Minos, para crear una estructura sorprendente que protegiera el objeto a cuyo portador obsequiara todas las riquezas posibles: el “vellocino de oro”, y a su vez arrojara al hijo que Zeus procreo con la esposa de Rey mortal, el Minotauro, fue encerrado en una fortaleza de mil paredes que pasaría a la posteridad como el “laberinto”. Al ser una creación del arte humano, donde la razón expone su majestuosidad e ingenio, el laberinto representa las riquezas y monstruosidades contenidas, pues la composición mitad hombre y mitad toro del Minotauro, confería a la prodigiosa deidad una apariencia espantosa que en mucho representa al poder de una técnica capaz de desarrollar proezas, pero también de encerrar a sus creadores, atrapándolos en una infinidad de callejones sin salida.
Dédalo tenía un hijo: Ícaro, un adolescente que, con su padre, sería encerrado en su creación con toda la intención de jamás revelar el plano de su obra maestra. El grandioso arquitecto, símbolo del ingenio y la razón, inspirado en las múltiples aves que surcaban los cielos cretenses, diseñó dos pares de alas para salir de la estructura surcando el cielo: cera y plumas ofrecerían la primera experiencia de vuelo a una humanidad que parecía retar a su propia naturaleza terrena. Solamente existía una advertencia, no volar cerca del sol Hélios) porque su ardiente melena derretiría la cera que unía las plumas, provocando una indeseable caída. Ícaro, buen joven rebelde, entusiasmado por el poder de surcar las nubes, desacató la advertencia, por lo que su imprudencia le costaría la venganza solar que lo arrojaría al hambriento océano.
La juventud y el poder deben de seguir el consejo de la experiencia, a eso se le denomina “prudencia” (“phrónesis”), que implica saber afrontar cada circunstancia según las particularidades de esta. No es un decálogo inscrito en piedra, pues la vida humana se encuentra sometida a los avatares de la vida cuyas consecuencias pueden resultar inasibles. El consejo nutre el criterio, y nos permite ser prudentes. El control de las emociones históricamente ha sido preocupación pedagógica, porque al no contenerlas, cual Ícaro entusiasmado por el poder volar, puede provocar una tragedia que, no siendo exclusiva del furor juvenil, bien sabemos que su riesgo es más posible entre ese contingente etario.
Muchos Ícaros tenemos en un contexto donde la tecnología y su uso han conferido a la juventud poderes cibernéticos que rebasan los consejos de la formación, vulnerando cualquier candado que supuestamente debería guarecer las reglas básicas de la civilidad. Quizás, como nunca, un joven nacido durante la ciber revolución, ha tenido entre sus manos semejante posibilidad de generar conocimiento, pero también, de destruir los más básicos principios de la sociabilidad. Como el historiador latino Tácito diría del carácter humano que, a pesar de los milenios y los desarrollos de la ciencia, las pasiones seguían dominando atemporalmente, y un sujeto de hace mil años, es tan proclive a la desmesura, al error, a la imprudencia, que uno del siglo veintiuno.
El fiasco del examen de admisión para la Universidad Nacional Autónoma de México concentró a muchos Ícaros cuya desmesura los precipitó al abismo. La humana imprudencia y la ingenuidad de las autoridades universitarias han dado una muestra de los riesgos de una mala educación no sólo en el uso de la tecnología y los recursos para proteger a personas e instituciones, sino, y ante todo, de ética. Una cifra importante de jóvenes dispuestos a semejante corruptela nos advierte de nuestra degradación como sociedad. Los ciberdelitos a los que quedamos expuestos por los muy jóvenes que lo mismo pueden violar candados de seguridad, que destruir reputaciones y vidas de personas honorables, no es una cosa menor, y, por desgracia, cuando se concretan los delitos, es cuando comprendemos por qué nuestros jóvenes no pueden carecer sin el contenido crítico que además de respetuosos, los haga más prudentes. No podemos contribuir a fabricar futuros criminales.