Luis Carlos Rodríguez González
A 19 años de los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y de su aventura como migrante por Estados Unidos, Antonio Juárez, tiene vivos los recuerdos aquellos días en la Gran Manzana, la incertidumbre no sólo por el clima antiinmigrante que se vivía, la falta de empleo y las redadas para detener y deportar a extranjeros.
Casi curado del llamado “sueño americano”, tiene tatuados en su mente los detalles del vía crucis propio y de más de 30 paisanos, entre mujeres, niños y jóvenes que por Naco, en Sonora, cruzaron la frontera y caminaron durante tres noches y dos días para llegar Tucson, Arizona. Primera parada rumbo a Nueva York, en los inicios del año 2001.
“Salimos de noche de Naco. Caminamos tres o cuatro horas seguidas y descansábamos media hora. Iban varias mujeres, entre ellas, dos señoras de Guadalajara con un niño como de cinco años que tenía un brazo fracturado. Otra señora más, que era la más animada, nos decía: todos vamos a llegar a Estados Unidos, ánimo muchachos”.
Antonio había contratado al “coyote” desde Iztapalapa por medio de un amigo que iba con él. El pago fue de 1,800 dólares desde el Aeropuerto de la Ciudad de México hasta el de Hermosillo. El paquete incluía “pollero”, comida y agua para sobrevivir, traslados en camionetas escondidos en cajuelas y hacinados como sardinas, motel con cuarto para 10 migrantes y casas de seguridad en Las Vegas y Los Ángeles.
Mientras repara un automóvil en su pequeño taller en una colonia cerca del Metro Constitución de 1917, por los rumbos de Iztapalapa, narra aquella aventura.
Al iniciar la segunda noche de caminata, la señora que nos animaba a todos, se luxó el tobillo y ya no podía caminar: “aquí me quedo, ya no aguanto el dolor” decía sentada en una piedra, casi al punto de llanto. “Señora tiene que caminar o se queda aquí. Yo por una persona no puedo perder al grupo”, decía el coyote quien le dio una pastillita mágica y la señora empezó a caminar como maratonista.
Recuerda que llegaron a Tucson, con una escala en la Vegas y, de ahí, en camionetas hasta Los Ángeles, donde los llevaron a una casa de una familia. Estuvo dos días y de ahí lo llevaron al aeropuerto rumbo a Nueva York. En esa ciudad empezó a trabajar como preparador de alimentos en un restaurante de comida china, semanas después como lava autos con un patrón mexicano.
Eran los primeros días de septiembre del 2011 y Antonio ya empezaba a acostumbrarse a la vida neoyorkina, cuando dos aviones acabaron con Las Torres Gemelas y de paso derribaron “su sueño americano” y el de miles de migrantes mexicanos y latinoamericanos.
“El trabajo empezó a escasear. Mi patrón me descansaba varios días a la semana. Vivía con mi amigo y su novia en un pequeño departamento como a dos kilómetros de la llamada zona cero. A diario nos llamaban familiares desde México y nos pedían que regresáramos, que se hablaba de un riesgo de una guerra. Nos metieron miedo”.
Antonio, junto con su amigo y la novia, tomaron un autobús rumbo al sur con destino a Los Ángeles. El plan era trabajar ahí unos meses y después regresar a México. Las alertas después del 9/11 estaban encendidas. En el trayecto los detuvieron agentes federales y de migración.
“Yo iba hasta adelante. Fui el primero en ser bajado del autobús. Me pidieron mis papeles y les entregue mi credencial del IFE. De inmediato fui llevado a un centro de deportaciones junto con mis amigos y con otro señor que era de Sonora y que de por sí ya venía de regreso a México”.
Recuerda que a ellos relativamente les fue bien. En el autobús venía una familia de origen pakistaní. Eran ciudadanos estadunidenses y a ellos los trataron mal, los catearon, les esculcaron las maletas, les gritaron. Los agentes buscaban armas, ántrax, alguna señal que diera con los responsables de la tragedia de Las Torres Gemelas.
“Le dijimos a los agentes de migración que éramos mexicanos: “Déjanos ir, sólo venimos a trabajar”. Al final nos deportaron por la frontera con Ojinaga, Sonora. La puerta metálica de la garita los despertó del “sueño americano” y de ahí tomaron el autobús de regreso a la capital del país, a su hogar en Iztapalapa. “Ya no regresaría al gabacho después de conocer los riesgos, el peligro que existe y ahora peor con Trump”.