Hace dos años, en la madrugada del 25 de octubre de 2023, el huracán Otis golpeó Acapulco con una fuerza que no dio tiempo de prepararse. Las horas se volvieron ruido, viento, oscuridad y luego un silencio que aún permanece en muchos rincones del puerto.
Una ciudad que vive del mar y del turismo todavía intenta reconstruirse, empujando con dignidad un proceso que no termina de concretarse.
Dos días después del impacto, nos organizamos un grupo de amigos y familia para llevar víveres para las personas además de alimento para perros y gatos. Gracias a la guía de una rescatista independiente, recorrimos colonias alejadas del Acapulco turístico. La incertidumbre nos acompañó en la carretera: rumores de asaltos y saqueos. Pero la urgencia de llegar pesó más que el miedo.
Al entrar al puerto, entendí que “destrucción total” se queda corta. Una avenida que normalmente se recorre en treinta minutos nos tomó cuatro horas, avanzando entre lodo, palmeras quebradas, estructuras arrancadas y autos convertidos en monumentos al desastre.
Caleta era un paisaje devastado; el Parque Papagayo, un recuerdo de sí mismo. Sin internet ni comercios, aprendimos que cuando todo se cae, el dinero deja de servir.
Recuerdo historias: quien ofrecía una pantalla a cambio de agua y comida; el las personas que nos pedían aventón, porque nuestra camioneta se volvió transporte público improvisado; las filas pacientes para recibir una de nuestras despensas; los perros y gatos desorientados buscando algo que los mantuviera vivos. Ufff lo recuerdo con un nudo en la garganta.
En ese Acapulco que intentaba levantarse —aunque apenas lograra ponerse de pie— once meses después, en septiembre de 2024, el huracán John azotó de nuevo. Regresamos con ayuda: algunos negocios ya reabiertos, fachadas recién pintadas, la normalidad tratando de volver. Pero la fragilidad seguía ahí, expuesta, como si cualquier soplo pudiera deshacerlo todo. Esta vez reunimos menos apoyo: la solidaridad, como tantas cosas, se desgasta.
Por eso, cuando se viralizó la imagen de la alcaldesa de Acapulco, Abelina López, luciendo un collar valuado en más de 200 mil pesos, acompañado de la frase “me lo regaló el pueblo”, sentí un golpe. No se trata de juzgar gustos personales, sino de entender el contexto: Acapulco sigue herido, no para regalar joyas.
Morena tiene una responsabilidad enorme: la de no parecerse a lo que tanto nos lastimó en el pasado. Esa expectativa se cuida. La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en la austeridad como principio de gobierno; la dirigencia, encabezada por Luisa María Alcalde, recuerda que el proyecto tiene raíz en quienes siempre fueron invisibilizados. Entre esos valores y un collar de diseñador hay una distancia política evidente.
Los símbolos importan porque son la primera lectura de la percepción pública.
Acapulco se levanta todos los días: trabajadores turísticos que regresan a la playa, comerciantes que rescatan sus espacios, rescatistas que no abandonan a los animales, maestros, taxistas, etcétera es la fuerza real del puerto.
Zarpazo
Quien haya amado a una mascota sabe que se hace lo que sea para evitarle sufrimiento. Yo lo viví con mi gatito Junior: tras una lesión severa y varios lugares sin condiciones para operarlo, encontré en el Hospital Veterinario de Venustiano Carranza un servicio que me sorprendió para bien. La alcaldesa Evelyn Parra apostó por un modelo que salva vidas, y la Dra. Jimena la directora —a quien vi atender personalmente casos urgentes con una humanidad que se agradece— demuestra que ahí no se habla de “mascotas”, sino de seres queridos. Sí se puede hacer política pública con empatía. Ojalá este modelo se replique en todas las alcaldías.
Ivonne Arriaga
Asesora en comunicación política con enfoque en narrativa y estrategia gubernamental.