LA FIESTA del balón HA COMENZADO y en la medida en que el equipo de México avance a siguientes rondas eliminatorias la euforia, como la espuma de la cerveza, habrá de crecer rápidamente. La felicidad colectiva me parece que no tiene una correlación precisa o equivalente a como se juega en la cancha y mucho más distante, años luz, está respecto a la situación económica del país.
A decir verdad, y en el conocimiento de que en el terreno de análisis balompédico soy un perfecto villamelón, el desempeño del equipo mexicano ante Sudáfrica dejó mucho que desear. La ausencia de un hambre de gol no justificó una fiesta del tamaño que se vivió en algunas plazas públicas mexicanas.
Me parece que la energía del festejo tiene mucho que ver con la necesidad que tenemos en México de desprendernos del miedo y de una violencia que ha dejado más de 200 mil muertos y ahora más de 130 mil desaparecidos. Queremos huir de la extorsión, del pánico que nos invade a los padres cada ocasión en que alguno de nuestros hijos sale con el aviso de que va a un bar o a un antro a divertirse un rato o de que se va a estudiar o al trabajo.
Damos rienda suelta al festejo embriagante que nos hace olvidarnos de las calamidades que son ahora realidad común y cotidiana en nuestro diario existir.
Pero, alerto, esa enorme felicidad que nos invade y que los extranjeros resaltan en sus visiones compartidas en redes sociales de lo que viven en el mundial mexicano, PUEDE TORNARSE en una pesadilla aterradora cuando nos ganen y quedemos fuera de la justa futbolera. Y más si el representativo falla injustificadamente. La euforia se convertirá en indignación y en odio. Y entonces los que hoy festejan en el carril de lo exagerado mañana se convertirán en obsesivos destructores manifestando en actitudes antisociales toda la frustración que les signifique percatarse de que el sueño ha terminado.
Aguas. El asunto, si no nos derrotan con la frente en alto, se puede convertir en un proceso digno de lamentación por supuesto.
Aunque México ya recibió muchos goles, autogoles por cierto.
Entre el 27 de septiembre de 1821, fecha de la consumación de la independencia nacional y el mes de diciembre del 2018 habrán transcurrido 197 años y tres meses. Un total de 2 mil 367 meses entre ambas fechas.
Entre aquel 27 de septiembre y el mes de diciembre del 2018 el SALDO HISTÓRICO DE LOS REQUERIMIENTOS FINANCIEROS DEL SECTOR PÚBLICO (SHRFSP) , indicador más amplio y preciso de los compromisos del sector público Federal y de sus empresas públicas, llegó a 10.5 billones de pesos. Al cierre del 2026 se espera que la deuda llegue a 20.3 billones. Habrá crecido, prácticamente, 10 billones de pesos en 8 años.
En los 197 años y tres meses la deuda del país creció a ritmos promedio de 4 mil 436 millones de pesos mensuales. En términos anuales 53 mil millones de pesos en cada uno de esos años, promedio.
Tardó el país 2 mil 367 meses para acumular una deuda de 10.5 billones de pesos y en 96 meses a partir de enero del 2019 el SHRFSP aumentó 98 mil 958 mdp MENSUALES. El nivel de endeudamiento en éste período es 22 veces mayor que el nivel de endeudamiento mostrado entre septiembre del 1821 y diciembre del 2018.
Al cierre del año el Saldo referido representará una cantidad de 20.3 billones de pesos. Metimos un autogol enorme en 8 años y éste indicador representa uno de los principalísimos problemas que tendrá que enfrentar el país en las SIGUIENTES DOS O TRES DÉCADAS. Como dice el clásico, AUNQUE USTED… NO LO CREA.