A principios de 1980 los humanos estaban cerca de romper la barrera de los 10 segundos en los 100 metros planos, traspasando los límites físicos y biológicos que la naturaleza le impuso a la especie. En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 el atleta estadounidense Carl Lewis ganó con autoridad la medalla de oro. En tercer lugar, quedó el canadiense de origen jamaiquino Ben Johnson, cuyo ascenso meteórico ponía en entredicho la hegemonía de Lewis.
En los años siguientes la rivalidad Lewis-Johnson se intensificó, porque el canadiense cada vez se acercaba más al campeón. En el Campeonato Mundial de Roma 1987 finalmente Ben Johnson logró derrotar a Carl Lewis. A partir de entonces se dio entre ambos una feroz guerra mediática y publicitaria. Las preferencias del público y las marcas comerciales se inclinaban hacia Johnson, porque era de carácter más sencillo, casi tímido, mientras que Lewis se mostraba como un tipo soberbio, fanfarrón, vanidoso y ostentoso (según la prensa especializada de la época) que le caía mal a muchos. En cada oportunidad que se le presentaba, el estadounidense sugería, sin nombrarlo, que Johnson basaba su éxito en el dopaje.
En aquella época se hablaba con insistencia sobre este flagelo. Los medios de comunicación occidentales daban por hecho que en “el mundo libre” todo era limpio e impoluto, y que el dopaje sucedía sólo en los países del bloque soviético. El control de sustancias prohibidas resultaba muy poco efectivo; el COI estaba muy por detrás de los médicos y especialistas que diseñaban los programas de dopaje de los atetas de alto rendimiento. El fenómeno era generalizado. Apenas unos meses antes de Seúl se celebró en Ottawa, Canadá, la primera conferencia mundial sobre dopaje deportivo.
El ambiente estaba caldeado en las semanas previas al inicio de los Juegos Olímpicos de Seúl 1988; era evidente la mala relación entre los dos velocistas. El mundo se frotaba las manos mientras llegaba el momento del gran duelo. El 24 de septiembre, ante 70 mil aficionados, los hombres más rápidos en pisar la faz de La Tierra ocupaban sus carriles en pos de la gloria. Por primera vez correr por debajo de los 10 segundos no garantizaba un puesto en el podio de ganadores.
Ganó Ben Johnson con un tiempo sobrehumano de 9.79 segundos. Canadá celebró como nunca el triunfo de su campeón, fue una fiesta nacional que duró… 62 horas. El 27 de septiembre se anunció que Ben Johnson dio positivo por estanozolol, esteroide anabólico sintético que provee una ventaja decisiva.
Obviamente el tramposo fue descalificado y Carl Lewis ganó la medalla de oro, fin de la historia. Pero hete aquí que no, todo en esa carrera fue sucio y turbio: de los ocho atletas que ese día tomaron la largada, seis dieron positivo por esteroides anabólicos en diferentes momentos. El mismísimo Carl Lewis dio positivo por efedrina y pseudo efedrina poco antes del certamen, pero el Comité Olímpico de Estados Unidos determinó que fue incidental por padecer gripe; Linford Christie años después dio positivo por nandrolona; Dennis Mitchel dio positivo en 1998 por testosterona, y así por lo consecuente con el resto: Stewart por HGH y Williams por nandrolona. Sólo el estadounidense Calvin Smith, que después de la descalificación de Johnson obtuvo el tercer lugar, y el brasileño Robson da Silva nunca se vieron envueltos en escándalos de dopaje. El brasileño es el mejor velocista latinoamericano de la historia (ganó dos bronces en J.O.). Calvin Smith, que marcó 9.99, con toda justicia debería ser considerado el verdadero ganador en Seúl.
“No es vergüenza ser ratero, vergüenza es que le caigan a uno”, dice una cínica conseja popular. Hasta el jueves…