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Columnas
Si hay algo que ningún estado en el mundo puede darse el lujo es abdicar en su responsabilidad de darle seguridad a sus ciudadanos.
Pero tampoco puede tomar el uso de la fuerza como pretexto para tratar de legitimarse y con ello llevar a su país a un despeñadero.
Tanto Felipe Calderón Hinojosa como Andrés Manuel López Obrador, pasarán a la historia por haber sido los dos mandatarios que han llevado a este país a la peor etapa de su historia en términos de seguridad, en tiempos de paz.
México es el país sin guerra más peligroso para su ciudadanía y desde luego también para sus visitantes.
Uno de estos expresidentes se autodenomina como "el mejor de la historia", y su movimiento es visto por él, por sus seguidores y sus fanáticos, como una gesta heróica, pero su legado está manchado de sangre, esa investidura que nunca quiso que se manchara quedó marcada para siempre y 200,000 mexicanos que nunca debieron morir en esas circunstancias se lo recordarán siempre.
La guerra estúpida contra el narcotráfico fue sin duda un error y un fracaso, pero los abrazos igualmente estúpidos no tienen comparación alguna en la historia de México con acciones que hayan dañado al país con tal magnitud. ¿Qué nos queda?
El estado no se puede dar el lujo de ir por la vida con la carabina al hombro y utilizarla a diestra y siniestra, como tampoco puede ir con los brazos abiertos invocando un falso "humanismo" y abdicar de su obligación primordial utilizando como máxima amenaza contra los criminales la "terrible" advertencia de ser acusados con sus mamases y sus abuelitas para que se porten bien.
En México y en el mundo, el estado debe ir con un fusil en una mano y la constitución en la otra, aplicar tanta fuerza como sea necesaria pero tener siempre presente el imperio de la ley.
Nadie le pedía al mesías que hubiera masacres, pero irónicamente a fuerza de tanto negarlo terminó por tapizar al país justo de eso, de masacres. Mientras atendía las "causas" entregó al país, o cuando menos una parte del mismo, al crimen organizado, los resultados están a la vista.
Hoy parece haber una luz al final del túnel, pero debemos esperar a ver si no se trata simplemente de una luciérnaga; se acabaron los abrazos, aunque cada mañana lo nieguen, con esa manía de seguir manteniendo viva la falsa leyenda de un mandatario que llevó a México a la mayor tragedia de su historia.
Se siguen atendiendo las causas, y qué bueno, pero también se ejerce el uso legítimo de la fuerza, y curiosamente en poco más de dos meses se han realizado más detenciones y decomisos de "veneno", que en los seis años previos.
Veamos qué resultados habrá, porque la estupidez de la guerra y la de los abrazos tienen a México hundido en su mayor baño de sangre en tiempos de paz. La historia ya los juzgó, pero al país le queda un largo camino por recorrer para recuperar algún día la paz.