En los hospitales hay algo que se ve todos los los días y que pocas veces se menciona cuando se habla de salud pública: una gran parte del cuidado de los pacientes empieza mucho antes del consultorio o del quirófano.
Y ahí, las madres suelen tener un papel fundamental.
Quienes trabajamos en áreas relacionadas con las neurociencias lo vemos con frecuencia. Son ellas quienes notan primero cuando algo no está bien, quienes detectan cambios en el desarrollo, quienes llevan a los niños a consulta, quienes preguntan, insisten, vigilan y sostienen tratamientos largos, rehabilitaciones complejas y seguimientos que a veces duran años.
Muchas veces, detrás de un diagnóstico oportuno, hubo una madre que decidió actuar a tiempo.
Hoy sabemos que los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo cerebral. Durante esa etapa se forman conexiones neuronales relacionadas con el lenguaje, la memoria, la conducta, el aprendizaje y la interacción social. Factores como la nutrición, el sueño, la estimulación temprana, la vacunación y el acceso oportuno a servicios de salud tienen impacto directo sobre ese proceso.
Por eso, cuando se habla de vacunación o de vigilancia del neurodesarrollo, no se trata únicamente de campañas aisladas. Se trata de proteger el sistema nervioso desde las primeras etapas de la vida.
La vacunación ha permitido disminuir enfermedades infecciosas capaces de producir complicaciones neurológicas graves. Meningitis, encefalitis y otras infecciones prevenibles pueden dejar secuelas permanentes sobre el cerebro de un niño. De ahí la importancia de fortalecer las coberturas de vacunación y mantener la participación de las familias en estas estrategias de salud pública.
En la neurocirugía pediátrica esto se vuelve muy evidente. Patologías como la hidrocefalia, algunas malformaciones congénitas o ciertos padecimientos neurológicos requieren seguimiento continuo y atención especializada temprana. Y en la práctica diaria, son las familias y muchas veces principalmente las madres, quienes sostienen gran parte de ese proceso.
También sucede cuando existen dudas sobre el neurodesarrollo. Alteraciones en el lenguaje, dificultades en la interacción social o cambios conductuales requieren valoración oportuna por parte del pediatra, del neurólogo infantil, del paidopsiquiatra o de equipos multidisciplinarios de rehabilitación y estimulación temprana. Llegar a tiempo puede cambiar de manera importante el pronóstico y la calidad de vida de un niño.
En medicina se habla mucho de infraestructura, equipamiento y prestación de servicios, y claro que son indispensables. Pero quienes trabajamos dentro del sistema de salud entendemos que existe otro componente igual de importante: el compromiso de las familias.
A veces una buena evolución no depende solamente de una cirugía o de un tratamiento. Depende de quién acompaña al paciente, de quién no abandona el seguimiento, de quién sostiene el proceso aun en medio del cansancio o las dificultades.
Y ahí, las madres suelen convertirse en el centro del cuidado.
No es un componente secundario. Al contrario. En muchos casos puede marcar la diferencia entre un diagnóstico temprano o tardío, entre la continuidad o el abandono del tratamiento, entre una mejor recuperación o mayores secuelas.
Después de la reciente Semana Nacional de Vacunación y en vísperas de la próxima Semana Nacional de Salud Pública, vale la pena recordar algo importante: la salud pública no pertenece solamente a las instituciones ni exclusivamente al primer nivel de atención.
Todos podemos participar desde nuestra propia trinchera.
Quienes trabajamos en segundo y tercer nivel también podemos aportar promoviendo la prevención, la detección oportuna y la educación en salud, independientemente de si ejercemos en el sector público o privado.
Porque al final, el sistema de salud no se sostiene únicamente con hospitales.
También se sostiene con médicos comprometidos, familias presentes y comunidades que participan activamente en el cuidado de la salud.
Y en ese esfuerzo colectivo, vale la pena reconocer y felicitar a todas las madres que todos los días acompañan, cuidan y sostienen procesos de salud muchas veces complejos y agotadores.
Porque detrás de muchos pacientes que logran salir adelante, casi siempre hay una madre que decidió no soltarlos.