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El día en que millones de celulares comenzaron a detectar terremotos

El día en que millones de celulares comenzaron a detectar terremotos

Columnas miércoles 12 de agosto de 2026 -


Durante años hemos escuchado una afirmación que parece definitiva: los terremotos no se pueden predecir. Y hasta ahora sigue siendo cierto. Sin embargo, algo está cambiando. En recientes movimientos sísmicos registrados en Venezuela y Colombia ocurrió una situación que sorprendió a muchas personas. Antes de comenzar a sentir cómo se movía el piso, sus teléfonos Android emitieron una alerta advirtiendo que un terremoto estaba ocurriendo y que el movimiento podía llegar en cuestión de segundos. No se trató de una predicción ni de una nueva red de costosos sensores instalada de repente en toda América Latina. Buena parte de la respuesta estaba dentro de millones de teléfonos que llevamos todos los días en el bolsillo.
Google desarrolló hace algunos años Android Earthquake Alerts, un sistema que aprovecha el acelerómetro que existe dentro de prácticamente cualquier teléfono moderno. Este pequeño sensor detecta movimiento y normalmente lo utilizamos sin siquiera saber que existe. El problema es que un teléfono moviéndose no significa que exista un terremoto. Puede haber caído de una mesa, alguien puede estar caminando con él o simplemente puede estar pasando un camión pesado frente a una casa. Una señal aislada prácticamente no sirve. Pero cuando cientos o miles de celulares ubicados en una misma región detectan movimientos similares casi al mismo tiempo, la historia cambia. Esa información puede llegar a los sistemas de Google, donde diferentes algoritmos buscan patrones que permitan determinar si realmente está comenzando un sismo, estimar su ubicación e identificar las zonas que podrían verse afectadas. De esta manera, millones de teléfonos terminan funcionando como una gigantesca red de sensores distribuidos por ciudades enteras.
La pregunta inevitable es cómo puede un teléfono avisarnos de un terremoto si el terremoto ya comenzó. La explicación está en algo tan sencillo como la velocidad. Cuando ocurre un sismo se generan diferentes ondas que viajan por la Tierra. Las primeras pueden ser detectadas cerca del lugar donde comenzó el movimiento, mientras las ondas que provocarán movimientos más intensos continúan avanzando. En ese pequeño espacio de tiempo aparece la oportunidad. Los celulares cercanos pueden detectar las primeras vibraciones, enviar información a través de Internet y permitir que los sistemas calculen rápidamente qué otras regiones podrían recibir el movimiento. La información digital puede recorrer enormes distancias mucho más rápido que las ondas sísmicas, por lo que una persona situada suficientemente lejos del epicentro podría recibir una advertencia antes de comenzar a sentir el terremoto.
Estamos hablando muchas veces de segundos. Puede parecer poco, pero en una emergencia unos segundos pueden cambiar completamente una situación. Pueden permitir alejarse de una ventana, detener una máquina, salir de un elevador, abrir una puerta o simplemente prepararse para lo que está a punto de ocurrir. El sistema no siempre consigue adelantarse al movimiento y mientras más cerca se encuentre una persona del epicentro menor será el tiempo disponible. Aun así, Google ha conseguido algo que hace apenas algunos años habría parecido difícil de imaginar: transformar teléfonos comunes en parte de una infraestructura mundial de detección sísmica.
Pero quizá la verdadera historia no está solamente en los terremotos. Está en la forma en que se construyó la solución. Durante décadas, cuando queríamos medir un fenómeno a gran escala pensábamos primero en instalar infraestructura especializada. Miles de sensores, estaciones de monitoreo, enormes centros de control y grandes inversiones. Google siguió otro camino. Miró la infraestructura que ya existía y descubrió que millones de personas cargaban diariamente sensores suficientemente buenos para obtener información útil. Un teléfono aislado puede equivocarse. Diez también. Pero cuando miles de dispositivos detectan prácticamente lo mismo, en el mismo lugar y al mismo tiempo, aparece información que antes no existía. La fuerza del sistema no está solamente en la precisión de cada sensor, sino en la cantidad de sensores y en la capacidad de procesar sus datos casi instantáneamente.
Este principio puede terminar siendo mucho más importante de lo que imaginamos. Nuestros teléfonos tienen GPS, cámaras, micrófonos, acelerómetros y conexión permanente a Internet. Los automóviles modernos incorporan cámaras, radares y decenas de sensores. Las ciudades están llenas de antenas, cámaras y dispositivos conectados. Por separado producen pequeñas cantidades de información. Juntos podrían convertirse en una enorme red capaz de entender lo que sucede en el mundo físico prácticamente en tiempo real. Ahí puede encontrarse una de las grandes aplicaciones de la inteligencia artificial durante los próximos años. No solamente tendremos sistemas capaces de conversar, escribir documentos o generar fotografías. Tendremos inteligencias capaces de analizar simultáneamente millones de señales provenientes del mundo real para descubrir patrones que una persona jamás podría identificar por sí sola.
Lo sucedido con las alertas sísmicas en Venezuela y Colombia nos deja entonces una lección mucho más grande que una simple función nueva en nuestros teléfonos. Estamos entrando en una época en la que la infraestructura tecnológica más poderosa quizá ya se encuentre instalada y simplemente no hemos descubierto todo lo que podemos hacer con ella. Millones de pequeños sensores distribuidos por el planeta, conectados entre sí y acompañados por sistemas capaces de analizar cantidades enormes de información en segundos. Nuestros celulares dejaron hace mucho tiempo de ser teléfonos. Ahora estamos descubriendo que juntos pueden convertirse en los ojos y oídos de una enorme red digital capaz de observar lo que ocurre a nuestro alrededor y, en determinadas circunstancias, advertirnos antes de que el peligro llegue. A veces unos cuantos segundos parecen insignificantes. Frente a un terremoto, pueden ser los segundos más importantes de nuestra vida.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga



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