Cada 9 de agosto, el mundo conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, una fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas en 1994 para reconocer la riqueza cultural, las lenguas, las tradiciones y los territorios de los pueblos originarios. Sin embargo, más que una conmemoración, debe ser una oportunidad para reflexionar sobre las deudas que aún tenemos con quienes han preservado la memoria de nuestras raíces.
En la Cámara de Diputados, durante mi participación en el Encuentro Nacional de “Raíces y Pueblos Originarios”, sostuve una convicción que considero fundamental: hablar de vivienda indígena no significa hablar solamente de paredes, techos o cimientos. Significa hablar del derecho a un hogar digno, seguro y sostenible, pero también de un espacio que respire cultura, conserve la memoria de nuestros abuelos y permita que las nuevas generaciones sigan reconociéndose en sus comunidades.
La vivienda digna es un derecho humano. En México, sin embargo, persiste un profundo rezago entre las familias indígenas, particularmente entre quienes conservan y hablan una lengua originaria. Esta desigualdad también se refleja en el acceso al agua, drenaje, energía y condiciones adecuadas de habitabilidad.
Durante décadas se impulsó un modelo de vivienda que, en muchos casos, ignoró las formas tradicionales de habitar. Debemos cambiar esa visión. El adobe, el bahareque, la piedra, el carrizo y otros materiales regionales no representan pobreza: representan conocimiento, adaptación climática, identidad y herencia comunitaria.
Por ello, propuse crear un Catálogo Nacional de Sistemas Constructivos Tradicionales y Materiales Regionales, con validación técnica oficial, y promover que universidades formen a arquitectos e ingenieros en estas técnicas ancestrales. Cada vivienda construida con identidad es también un acto de resistencia: significa decir que nuestros pueblos siguen vivos.
Pero preservar la identidad no debe significar renunciar a la modernidad. La vivienda del futuro debe incorporar captación de agua de lluvia, baños secos, estufas solares, paneles fotovoltaicos y otras ecotecnologías adaptadas a cada comunidad.
También planteé la creación de un Fondo de Infraestructura Comunitaria y Energías Limpias para Pueblos Originarios, administrado con participación de las asambleas ejidales o comunales, asesoría técnica y contratación de mano de obra local.
El objetivo es claro: avanzar hacia una vivienda sostenible sin romper el tejido social. Queremos comunidades con seguridad jurídica, servicios básicos, energías limpias y protección frente a los riesgos climáticos.
Porque modernizar no debe significar olvidar. Construir vivienda digna también significa proteger nuestra memoria, fortalecer nuestras raíces y garantizar que el desarrollo llegue a los pueblos sin borrar aquello que los hace únicos.
¿Y tú, cómo adecuarías tu vivienda sin modificar los usos y costumbres? Me interesa tu opinión, escribeme en redes sociales, aparezco como @federicoreyestv