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La escuela frente al secuestro de la atención “Una abundancia de información crea una pobreza de atención.” Herbert A. Simon

La escuela frente al secuestro de la atención “Una abundancia de información crea una pobreza de atención.” Herbert A. Simon

Columnas miércoles 12 de agosto de 2026 -


La discusión sobre el uso de los teléfonos celulares en las escuelas mexicanas ha dejado de ser un debate tecnológico para convertirse en una conversación profundamente educativa, ética y social. Mientras algunos estados impulsan restricciones más severas y muchas comunidades escolares buscan regular su uso dentro del aula, la pregunta de fondo no es si el celular es bueno o malo, sino quién controla la atención de nuestros estudiantes.

Durante años pensamos que el principal desafío de la educación era el acceso a la información. Hoy ocurre exactamente lo contrario: el problema es el exceso. Cada notificación, video corto, mensaje o alerta compite ferozmente por unos segundos de concentración. A este fenómeno los especialistas lo llaman economía de la atención, un modelo en el que las grandes plataformas digitales obtienen valor económico mientras más tiempo logran mantener nuestra mirada fija en la pantalla.
El aula se ha convertido, literalmente, en un territorio en disputa.

Basta observar una escena cotidiana: un docente explica un tema complejo; al mismo tiempo, un teléfono vibra con un mensaje, aparece un video recomendado, entra una notificación de una red social y el cerebro del estudiante recibe una recompensa inmediata mucho más atractiva que cualquier explicación que requiera esfuerzo cognitivo. No se trata de falta de inteligencia ni de desinterés natural por aprender; se trata de una arquitectura digital diseñada para interrumpir, estimular y retener.

Por eso reducir el debate a “prohibir celulares” puede resultar insuficiente. La prohibición absoluta ofrece una respuesta rápida, pero no necesariamente una solución duradera. Los estudiantes seguirán viviendo en un mundo hiperconectado fuera de la escuela. La verdadera tarea educativa consiste en enseñarles algo más difícil que apagar un dispositivo: aprender a gobernar su propia atención.

Esto no significa minimizar los riesgos. Diversos estudios internacionales han asociado el uso intensivo del teléfono durante las clases con menor rendimiento académico, dificultades de comprensión lectora, aumento de distracciones y menor interacción social significativa. Muchos docentes mexicanos pueden confirmarlo desde su experiencia diaria: actividades interrumpidas por fotografías, mensajes, videojuegos o redes sociales que desplazan la participación y el diálogo.

Sin embargo, también sería un error convertir al celular en el villano único de la crisis educativa. Un teléfono puede ser cámara, biblioteca, grabadora, traductor, calculadora, laboratorio portátil y herramienta de inclusión para estudiantes con necesidades específicas. El problema no es el dispositivo en sí, sino el modelo de consumo digital que lo acompaña.
La Nueva Escuela Mexicana habla de formar ciudadanos críticos, reflexivos y capaces de participar responsablemente en su comunidad. Esa aspiración exige incorporar una nueva alfabetización: la alfabetización atencional, que por diferentes investigadores es considerada como la capacidad de reconocer, regular y dirigir conscientemente la atención propia en entornos saturados de estímulos, especialmente digitales, con el fin de favorecer el aprendizaje profundo, la autorregulación y el bienestar cognitivo.

Así como enseñamos a leer textos, también debemos enseñar a leer algoritmos; así como promovemos hábitos de estudio, debemos promover hábitos de desconexión consciente.

Tal vez la discusión debería plantearse en otros términos:
• ¿Qué momentos del aprendizaje requieren atención plena y ausencia de pantallas?
• ¿Cuándo el celular aporta valor pedagógico real y cuándo solo introduce ruido?
• ¿Cómo involucrar a las familias en la construcción de hábitos digitales saludables?
• ¿Estamos formando usuarios críticos o consumidores permanentes de estímulos?

La escuela mexicana enfrenta un desafío histórico. Durante décadas luchó contra la falta de libros, de infraestructura o de cobertura educativa. Hoy debe enfrentar un adversario mucho más invisible: la fragmentación constante de la atención humana.

Prohibir puede ser necesario en ciertos contextos; regular, indispensable; educar, irrenunciable.

Porque cuando un estudiante pierde la capacidad de concentrarse, no solo se afecta una clase de matemáticas o de historia. Se debilita la posibilidad de leer un libro completo, sostener una conversación profunda, reflexionar antes de actuar y construir pensamiento crítico. Y una sociedad que renuncia a la atención termina renunciando, poco a poco, a su capacidad de comprender el mundo.

La pregunta, entonces, ya no es si los celulares deben entrar o no a la escuela. La pregunta verdaderamente urgente es esta:¿Permitiremos que la educación forme ciudadanos capaces de dirigir su atención, o aceptaremos que esa atención siga siendo el producto más rentable de la era digital?


Dra. Rosalía Zeferino Salgado
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MUxED)




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