La oposición, en cualquier sistema político, conforma un eslabón fundamental en el entramado institucional de una sociedad libre, pues desde la respectiva posición que defienda, estemos o no de acuerdo con ellos, expresan la pluralidad de un mundo donde todas las nociones deben tener cabida.
Sin embargo, hay un punto sobresaliente que no puede pasar a un segundo plano, y es que la oposición canaliza el descontento social y le permite evitar que su acumulación malsana, degenere en una violenta reacción que termina por arrastrar al sistema completo hacia la violencia descarnada. Una sociedad que carece de caminos donde el malestar pueda tener un rumbo, construye un poderoso dique al descontento.
Recordemos que donde la oposición se censura, y es más, se sataniza, las reacciones al oficialismo se radicalizan, pues se entiende que es más su intolerancia, y que, por miedo o enojo, anuncia la crónica de una confrontación que tarde o temprano se expandirá con las bien sabidas consecuencias.
Ejemplos en la historia hay muchos, por ejemplo, la Revolución Mexicana en su primerísima etapa, cuando el entonces candidato Madero se da cuenta de que no hay mucho qué hablar con un régimen que lo encarceló durante la campaña presidencial. Arrinconar de tal forma al opositor y hacerle ver que no es mediante el acuerdo y el respeto a la legalidad como se arreglan las cosas, provoca la desconfianza que, en el citado ejemplo, sería la gota que derramará el revolucionario acontecimiento, funesto para todos, para empezar, con los propios oficialistas que provocan, a través de su soberbia e intolerancia, un salto al abismo donde su legado puede, incluso con injusticia, degradarse.
¿Qué hubiera sido de nuestro querido país si el presidente Díaz, innegable héroe militar y político de primer nivel, hubiera reconocido el triunfo de un Madero moderado y ecuánime? El legado del controversial régimen, sin lugar a duda, no habría tenido la suerte que le deparó, y el vínculo con el poderoso gobernante no se limitaría a las flores que depositamos en su tumba en París.
La intolerancia política daña a la oposición, pero al oficialismo lo condena a un costo que el país completo paga. Como los grandes filósofos estoicos, esta fabulosa escuela helenística que nutrió de sapiencia el pensamiento de la élite romana, valorar la historia con su contenido espléndido que remite a otros seres humanos tomando decisiones, aprendiendo de su virtudes y de sus vicios, se transforma en un valioso consejero, en un desapasionado asesor que nutre el juicio que explota la prudencia, esa sabia imprescindible del poder, que nos alerta sobre cómo comportarnos ante circunstancias tan diversas, como lo que cuesta a un gobierno y a su sociedad, mantener a una camarilla de delincuentes ubicados en cargos estratégicos del estado