En esta era de voyerismo ansioso y dopamina de tercera clase, la mesa está puesta para que la peligrosa confluencia de fenómenos psicológicos y sociales que silencian cualquier intento de discurso racional, vaya para largo. La intersección entre la epidemia Dunning-Kruger, la ética del hecho consumado (la fuerza me da el derecho), los electorados que premian el narcisismo abierto y la demagogia clásica, configura un escenario donde la ignorancia violencia y la fantasía hegemónica son los colores oficiales de nuestro tiempo.
El síndrome de Dunning-Kruger, fácilmente verificable en cualquier foro de internet sobre cualquier tema (y de verdad digo, sobre cualquiera, hagan la prueba), describe un sesgo cognitivo mediante el cual las personas con conocimientos limitados tienden a sobreestimar dramáticamente su competencia. Paradójicamente, quienes menos saben son quienes más seguros están de sus opiniones, mientras los verdaderos expertos reconocen la complejidad y sus propias limitaciones. Este fenómeno, documentado científicamente, no es meramente anecdótico: es la base psicológica sobre la cual se construyen castillos de certezas infundadas. Esto, obviamente, es la iteración contemporánea de la soberbia intelectual, pero vale la pena subrayar dos cosas: la primera, que en otras épocas la viralización de esta imbecilidad simplista no era tan vertiginosa (ahora lo es, por las redes sociales, etcétera, lo de siempre); y la segunda, que cuando esto ocurre en temas como el fútbol, no pasa nada, pero cuando ocurre sobre los temas públicos de alta complejidad, como la geopolítica o la economía, es gravísimo. En el primer caso, tenemos a cuatro monitos en el pasillo de la oficina alegando sobre un “fuera de lugar” o un penalty mal marcado, pero en el segundo, tenemos a un desvariado amenazando con guerras por no recibir un premio, o a otro creyendo que construir un aeropuerto no tiene gran ciencia.
Los hechos son independientes de las percepciones, pero lo que les dota de significado es la narrativa que se construye a su alrededor, y esa se impone, hoy, mediante la fuerza bruta, la repetición orwelliana o la intimidación abierta. Esto encierra una incomprensión profunda de cómo se construyó el consenso dentro de las superpotencias, pero es harina de otro costal.
El narcisismo como rasgo cultural, que se confunde con seguridad o asertividad, actúa como acelerador de este fenómeno. Si la realidad depende de la percepción o el mero deseo (lo que la gente decida que es, por arte de magia se vuelve obligatorio), cada opinión personal se considera igualmente válida, donde la experiencia subjetiva reemplaza al conocimiento objetivo, y donde la necesidad de afirmación constante transforma cada desacuerdo en un ataque personal. Sí, lo que digo es que hay una relación entre el pensamiento mágico identitario que me permite obligar a otros a decir que el emperador está vestido, y las afirmaciones falsas e impunes de los demagogos. Cuando Donald Trump dice, sin base alguna, que “Estados Unidos es la víctima de todos los demás países” y que “nadie como él ha creado riqueza nacional”, puede decir, sin empacho, que se está autoafirmando como presidente y hay que reconocer la realidad que nos pinta, porque cada quién sus cubas. Sí, así de esquizoide está el asunto, e intenciones aparte, las dos imposiciones de significado sobre objeto, son chorros de la misma fuente, ni modo.
El demagogo no educa; adula. No eleva; manipula. Confirma lo que la gente ya quiere creer, explotando sus miedos y resentimientos. El pueblo, entendido como un electorado cooptado, inflamado, resentido y poco informado, por supuesto que se equivoca, y mucho. Es la personificación del síndrome de Dunning-Kruger a escala social: proclama soluciones simples a problemas complejos, descalifica el conocimiento experto como elitista y malvado, y construye su autoridad sobre la capacidad de movilizar emocionalmente. Combina el narcisismo (solo yo puedo arreglarlo), la doctrina de la fuerza como razón (estoy en lo correcto porque tengo seguidores, votos o influencia), la manipulación popular como única herramienta de gobierno, y la genuina creencia del poderoso de que lo entiende todo, lo puede todo, y lo sabe todo. Y son las mayorías las que siguen legitimando este pudín fecal, una y otra vez.