La transición hacia un transporte público eléctrico en México se consolidó en los últimos años como una de las prioridades en la agenda de movilidad sustentable. De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (IEA), América Latina enfrenta el reto de electrificar cerca de 1.2 millones de autobuses para 2035, un proceso que ya avanza con experiencias destacadas en ciudades como Bogotá, Santiago de Chile y São Paulo, que concentran las mayores flotas de autobuses eléctricos de la región.
En este contexto, Alfredo Del Mazo Maza, especialista en políticas públicas, reflexionó que México debía acelerar su paso si quería mantenerse competitivo y responder a las presiones ambientales y urbanas. “Sigo sosteniendo que la electrificación del transporte no es un lujo, sino una necesidad estratégica. Cada año que se retrasa la transición se incrementaban los costos ambientales y sociales”, expresó recientemente.
El transporte representa alrededor del 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero en México, según el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC). Además, el 70% de esas emisiones proviene directamente del uso de combustibles fósiles en transporte urbano.
Del Mazo Maza señaló que el país debía mirar hacia los modelos de financiamiento aplicados en otras regiones. “En América Latina la clave está en la cooperación público-privada. Santiago logró consolidar más de mil autobuses eléctricos en operación gracias a esquemas financieros que compartieron riesgos entre empresas y el Estado”, explicó.
La evidencia internacional muestra que la inversión inicial en transporte eléctrico suele ser hasta 40% más alta que la de vehículos convencionales, pero que a mediano plazo se compensa con menores costos de operación y mantenimiento. Un informe del Banco Mundial confirmó que la vida útil de un autobús eléctrico puede reducir hasta un 30% los gastos operativos frente a uno diésel.
Desde la perspectiva de Del Mazo Maza, México no puede quedarse rezagado. “No se trata sólo de cambiar motores y vehículos, sino de transformar la infraestructura de nuestras ciudades: estaciones de recarga, redes de distribución eléctrica y capacitación técnica. Sin esos elementos, la electromovilidad no podría pasar de ser un proyecto piloto”, enfatizó.
El camino, coincidió, es aún complejo, pero inaplazable. En su visión, la adopción del transporte eléctrico urbano en México debe concebirse no como una tendencia internacional, sino como un compromiso nacional frente al cambio climático, la calidad del aire y el derecho a ciudades más habitables.