La costumbre de regalar huevos en Pascua tiene raíces antiguas. Los egipcios decoraban huevos con pigmentos naturales y los ofrecían como obsequios en ocasiones especiales. Con el tiempo, los primeros cristianos retomaron esta práctica durante la Pascua, tras la Cuaresma, cuando se abstenían de consumir huevos. Al concluir este periodo, los compartían como símbolo de alegría por la Resurrección de Jesús. Posteriormente, surgió la tradición de pintarlos y, más adelante, de elaborarlos con chocolate y dulces, costumbre que se mantiene hasta hoy.
La leyenda del conejo de Pascua proviene de celebraciones anglosajonas pre-cristianas, donde el animal representaba fertilidad y estaba asociado a la diosa Eastre. Con la llegada del cristianismo, esta figura se incorporó a la Pascua y, en el siglo XIX, Alemania popularizó los conejos de chocolate y azúcar. Una narración piadosa cuenta que un conejo presenció la Resurrección de Jesús en el sepulcro y, al no poder hablar, decidió llevar huevos pintados como mensaje de vida y esperanza. Desde entonces, se dice que cada Domingo de Pascua el conejo reparte huevos de colores para recordar la victoria de Cristo sobre la muerte.
Estas tradiciones, que combinan elementos culturales y religiosos, se han extendido por todo el mundo como símbolos de alegría, renovación y fe en la Resurrección.