Jaime Arturo Ruiz | @
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- Enero suele ser un mes de balances, propósitos de salud y reflexiones institucionales tras las celebraciones decembrinas. Sin embargo, una vez que se apagan las luces de las fiestas de fin de año, vuelve a instalarse en la agenda pública un tema que no admite pausas: el consumo de alcohol entre niñas, niños y adolescentes, su relación con otras conductas de riesgo y sus implicaciones para la salud pública en México.
Lejos de ser un fenómeno marginal, el consumo temprano de alcohol constituye uno de los principales factores prevenibles asociados a enfermedades crónicas, trastornos mentales, accidentes y deserción escolar. En este contexto, el inicio de 2026 representa una oportunidad clave para transformar la reflexión estacional en políticas, prácticas y compromisos sostenidos.
Lo que revela la ENCODAT 2025
La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025, que recabó información de más de 19 mil personas de entre 12 y 65 años, ofrece una radiografía actualizada de los patrones de consumo en el país.
Entre sus hallazgos destaca una reducción en el porcentaje de adolescentes que reportaron haber ingerido alcohol en el último año, así como un descenso significativo en el consumo excesivo mensual. Estos datos sugieren avances relevantes en materia de prevención y concientización, particularmente en entornos escolares y comunitarios.
No obstante, especialistas advierten que estas cifras no deben interpretarse como una señal de triunfo definitivo. La exposición temprana al alcohol, incluso en niveles considerados “experimentales”, sigue representando un factor de riesgo para el desarrollo integral y la trayectoria de vida de millones de jóvenes.
Un problema que trasciende lo individual
Diversos estudios han documentado que el consumo de alcohol durante la infancia y la adolescencia impacta directamente en el desarrollo neurológico, altera procesos de aprendizaje y aumenta la vulnerabilidad a trastornos de ansiedad, depresión y adicciones en la adultez.
Además, se asocia con un mayor riesgo de lesiones, violencia, embarazos no planeados y accidentes viales. Por ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha situado la protección de menores como una prioridad en su Plan Mundial de Acción sobre el Alcohol 2022–2030.
Desde esta perspectiva, el consumo temprano no puede entenderse como un “rito de paso”, sino como un desafío estructural que exige respuestas coordinadas del Estado, la comunidad y las familias.
Prevención eficaz: más allá de las prohibiciones
La evidencia internacional muestra que las políticas basadas exclusivamente en restricciones tienden a ser insuficientes. Los enfoques más exitosos integran educación, regulación y generación de entornos protectores.
Entre las estrategias con mayor impacto destacan:
Educación temprana y basada en evidencia.
Incorporar contenidos claros y científicamente validados desde edades tempranas —incluso a partir de los nueve años— fortalece habilidades para la toma de decisiones informadas. La formación debe incluir también a docentes, madres, padres y cuidadores.
Construcción de entornos saludables.
Escuelas, centros comunitarios y espacios recreativos desempeñan un papel central al ofrecer alternativas de convivencia vinculadas al deporte, la cultura y el arte. Estos espacios reducen la presión social que asocia el consumo con aceptación o pertenencia.
Regulación y vigilancia visibles.
Operativos de control en puntos de venta, verificación de edad y sanciones efectivas, acompañados de campañas informativas, refuerzan el mensaje de que el acceso al alcohol está legal y éticamente limitado.
Países como Canadá y Uruguay han consolidado modelos que combinan estos elementos, logrando reducciones sostenidas en el consumo adolescente. Sus experiencias ofrecen referentes valiosos para el contexto mexicano.
La familia como núcleo de prevención
En la etapa adolescente convergen múltiples factores de vulnerabilidad: presión de grupo, búsqueda de identidad, estrés académico y cambios emocionales. Frente a este escenario, la familia constituye la primera línea de protección.
Investigaciones en salud pública coinciden en que los estilos de crianza basados en afecto, supervisión y comunicación abierta reducen significativamente la probabilidad de consumo temprano. Hablar del alcohol de manera informada y sin tabúes no promueve su uso, sino que previene interpretaciones erróneas y normalizaciones peligrosas.
Asimismo, los programas que articulan esfuerzos entre hogares, escuelas y autoridades locales fortalecen las habilidades socioemocionales de niñas y adolescentes, promoviendo proyectos de vida alejados del consumo problemático.
Un compromiso social para 2026
El objetivo es claro: postergar al máximo el inicio del consumo de alcohol y, en lo posible, evitarlo antes de los 18 años. Esta meta no solo protege la salud inmediata, sino que incide directamente en el bienestar económico, educativo y social del país a mediano y largo plazo.
Los datos de la ENCODAT 2025 muestran avances que deben consolidarse mediante políticas públicas consistentes, presupuestos suficientes y participación comunitaria activa. Desde la perspectiva de la Alianza Mexicana por un Consumo Moderado, el mensaje es inequívoco: niñas, niños y adolescentes no deben consumir alcohol, y su protección es una responsabilidad compartida.
El inicio de 2026 ofrece una ventana estratégica para pasar del diagnóstico a la acción. Convertir la prevención en una prioridad permanente permitirá que crecer sano deje de ser una excepción y se consolide como la norma para las nuevas generaciones.