La clase media aspiracional ha tenido, durante mucho tiempo, una relación complicada con la educación pública. Sobre todo la que nació antes de la década de los noventa. En parte se debe - creo - al complejo de inferioridad tan propio de quien tiene línea de crédito, pero no dinero, y que se vuelve insoportable para quien lo padece, porque además está en todas partes. El vecino que llega con un auto nuevo, la tía Lola que sube sus fotos en Bora Bora o el niño de 8 años que encara a su compañero en el patio para decirle, a la Malfoy, que sus sneakers son piratas; todo suma. Y el problema empieza desde que a los Pérez y a los Gómez los sientan juntos en un bautizo y se ponen a hablar sobre las escuelas de los hijos. Lo que suele pasar después es una mezcla de publicidad gratuita y defensa airada de instituciones que existen, sobre todo, para esquilmar a lo padres con cuotas absurdas, venderles veranos en Canadá como la gran cosa, y anunciarles que como todo ahí es “internacional”, ahora tendrán clases de natación bilingües.
La época en la que nacieron los papás importa, sin embargo, porque ellos son los que pagan las colegiaturas, incluso hasta la educación superior, y porque era más fácil desdeñar lo público antes de 1995, donde la crisis económica impidió a casi todos los hogares acceder a las universidades privadas. Lo que ocurrió entonces fue, por un lado, un aumento exponencial de rechazados de la UNAM, el IPN y sus contrapartes locales, y por otro lado, el surgimiento de múltiples escuelas privadas que ofrecían educación deficiente a precios bajos. Eso conlleva otros problemas, que van desde la saturación de profesionistas con títulos devaluados, hasta la distorsión de la educación como mercancía a la medida de los clientes durante su estancia; no se trata ya de darles herramientas para el futuro, sino de convencerlos de que, durante sus años de pago de matrícula, no se cambien a otra escuela. En esa lógica se obvia, además, el hecho de que los mejores profesionistas y las mejores instituciones suelen ser públicas o al menos híbridas.
La desigualdad educativa en México es real, y continúa marcando decisiones y aspiraciones: cuando los recursos son limitados, las familias tienden a priorizar la educación privada o complementaria, incluso si la calidad percibida de la escuela pública es mejor (y muchas veces, lo es). El INEGI señala que, a nivel nacional, una proporción significativa de hogares identifica a la educación como una de las principales inversiones del gasto familiar, lo que facilita que las brechas se mantengan o se agranden entre distintas colonias y municipios. Pero no se confundan, es muy poco probable que la inversión de cientos de miles o hasta millones de pesos en la educación privada, tenga un retorno, a menos que vaya acompañada ya, de por sí, de una red familiar y social que facilite y herede recursos.
Pero quiero centrarme, al menos hoy, en la convicción prevalente en los niveles básicos y medios, donde se sigue creyendo que la entrada de un niño a la primaria Instituto Bill Goldberg o a la Escuela Secundaria Robert Walpole les garantizará movilidad socioeconómica ascendente, además de que ellos pueden salvar cara con los Gómez cuando se ofrezca. Dejemos de lado, por ahora, el hecho de que en los patios escolares no se hace “networking”; esa concepción de ver a las personas como activos o plataformas se aprende hasta después, afortunadamente. Sin embargo, las diferencias materiales son reales y tangibles desde el primer día, y ahí está el otro problema.
Los padres creen, quizás, que de lo que se trata es de que el hijo haga “amiguitos ricos” porque de manera natural ellos lo invitarán a sus fiestas, a sus familias, a ser también rico, pues. Pero eso no sucede prácticamente nunca, pues la misma invisibilidad social que los clasemedieros tienen con la gente pobre (¿reconocerías a las últimas 3 personas que te pusieron gasolina?) la tiene el rico con todos que no lo son. Incluso cuando existe respeto o convivencia, lo que no hay es integración.
Las clases sociales en México son prácticamente impermeables. Ahora bien, lo reconfortante es que lo más común es otra cosa, a saber, que los papás que viven por encima de sus posibilidades metan al hijo donde hay otros que hacen lo mismo, y la dinámica social sea una de guardar apariencias y disfrazar penurias. Tampoco de ahí va a salir ninguna alianza que permita juntar reinos ni procrear sucesores a trono alguno, pero ni modo, es lo que hay.