En salud, pocas palabras parecen tan inofensivas como descuido, desaire y ligereza. Ninguna suena a enfermedad. Ninguna aparece como diagnóstico en un expediente clínico. Sin embargo, las tres pueden encontrarse detrás de complicaciones que, muchas veces, pudieron evitarse. El descuido comienza casi siempre con algo aparentemente menor. “Después voy al médico”. “Mañana empiezo el tratamiento”. “Por un día que no tome el medicamento no pasa nada”. “Ese dolor seguramente se quitará”
Y probablemente, una sola vez, no ocurra nada. El problema aparece cuando la excepción se transforma en costumbre.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido desde hace años que la falta de adherencia a los tratamientos de las enfermedades crónicas constituye un problema sanitario de enorme importancia. Hipertensión, diabetes y otras enfermedades pueden permanecer silenciosas mientras producen daño progresivo. Descuidar aquello que no duele no significa que haya dejado de hacernos daño. Pero existe también el desaire.
Desairamos a nuestro cuerpo cuando ignoramos sus señales; al consejo médico cuando decidimos que podemos prescindir de él; y, algunas veces, desde los propios servicios de salud, desairamos al paciente cuando no escuchamos suficientemente aquello que intenta decirnos. Escuchar también es una intervención médica.
Una pregunta que no hicimos, un síntoma al que restamos importancia o una preocupación del paciente que no escuchamos pueden modificar el curso de una enfermedad.
Y después está la ligereza. Quizá sea la más peligrosa porque convierte el riesgo en algo trivial: automedicarse porque “siempre lo hemos hecho”; abandonar un antibiótico porque ya nos sentimos bien; compartir medicamentos; interpretar resultados de laboratorio sin contexto clínico; ignorar cifras elevadas de presión arterial o confiar en información sanitaria sin verificar su procedencia.
La ligereza sustituye evidencia por percepción. Esto también ocurre en las instituciones. Una cita que se posterga demasiado, un estudio diagnóstico que tarda, un resultado que nadie revisa oportunamente, la falta temporal de un medicamento o una política preventiva que llega después del problema pueden parecer acontecimientos administrativos. Para el paciente, sin embargo, pueden representar progresión de una enfermedad o pérdida de una oportunidad terapéutica.
La seguridad del paciente parte precisamente de reconocer que muchos daños evitables no proceden de un único gran error, sino de la acumulación de pequeñas fallas. La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de uno de cada diez pacientes sufre algún daño durante la atención sanitaria, y una proporción importante de esos daños es prevenible.
Por eso cuidar la salud exige algo más que reaccionar ante la enfermedad. Exige atención.
No se trata de vivir con miedo ni de medicalizar cada sensación. Tampoco todo síntoma anuncia una enfermedad grave. Se trata de algo mucho más sensato: dar a cada señal la importancia que merece y tomar decisiones proporcionales al riesgo.
A veces las tragedias empiezan con un “no pasa nada”, continúan con un “después lo veo” y terminan con un doloroso “si lo hubiéramos atendido antes”. Sin embargo, como diría Ramón de Campoamor "nada es verdad, nada es mentira, todo es de acuerdo al cristal con que se mira".