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Toma y daca

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Columnas jueves 13 de agosto de 2026 -





La política siempre tendrá un elemento importante de simulación, y otro de negociación. No se trata de reducirla a cinismo bruto ni de asumir que los políticos sean únicamente mentirosos o “vendidos”; más bien, conviene entender que ambas prácticas funcionan como herramientas inevitables de la competencia y de la administración del poder. Porque en contextos donde los recursos son limitados, donde las pretensiones chocan entre sí y donde existe asimetría de fuerzas, la alternativa suele ser la aniquilación o la parálisis: o se logra construir acuerdos mínimos sin cederlo todo, o el conflicto se vuelve interminable y destructor. Así, simular y negociar no son excepciones morales, sino mecanismos para sostener la convivencia cuando no hay soluciones perfectas disponibles. Esto viene de la resolución de conflictos más primaria, y su razón última puede estar en la naturaleza humana, que es mala o buena (depende a quién se le pregunte), pero siempre atolondrada y veleidosa, dispuesta a eliminar al otro cuando le gana la ambición, el miedo, el cálculo o casi cualquiera de las cosas que suele ganarle.
La dificultad —una de tantas capas de la complejidad política— es que los fines de la política suelen ser loables, aunque el de los políticos individuales no sean. Se supone que hay un bien común, o un bien de la mayoría, o un mal menor, y en todos los casos, los esfuerzos y las posibilidades colectivas deben ser guiados, representados, dirigidos. Por eso no todos pueden timonear el barco, o la metáfora que ustedes quieran. De ahí nace la idea simplista, atribuida falsamente a Maquiavelo, de que “el fin justifica los medios”. En realidad, esa máxima no pertenece a la inteligencia del florentino; más bien es un lugar común que aparece cuando una sociedad o una clase política busca racionalizar sus propias inmoralidades. Con frecuencia, se invoca un objetivo supuestamente noble para excusar arbitrariedades, abusos o traiciones. Es decir: se fabrica un relato que convierte la falta en necesidad y la violencia en “instrumento”.
En una segunda capa de la cebolla aparece un matiz decisivo: la mentira y la transacción no pueden ser absolutas ni aplicarse indiscriminadamente a todos. Si alguien nos demostrara que un general engaña al enemigo para salvar vidas, la estrategia podría parecernos aceptable; pero otra cosa sucede cuando el engaño se dirige a los gobernados, porque entonces deja de ser táctica y pasa a ser traición. Con la negociación ocurre algo semejante. Puede y suele convenir pactar con la oposición cuando representa a una parte del pueblo, aun si perdió en las urnas; también es razonable transigir con quienes, desde una posición de poder económico, pueden desestabilizar una nación con decisiones mínimas y efectos máximos. Sin embargo, no se puede negociar con quien fue decretado “enemigo” de manera mesiánica por un liderazgo y convertido en anatema permanente, como se ha dicho de “el PRIAN” o de individuos señalados por su origen o fortuna, como el señor Salinas. Hay límites que no son solo legales, sino simbólicos y éticos: si se cruzan, se rompe el marco mínimo de reconocimiento mutuo y el salvador se vuelve escoria. Todos los presidentes priístas vivieron esto un día después de que terminara su sexenio.
Cuando se le despoja de la paja, buena o mala, la política —sofisticada o torpe— trata de fines: transformar una realidad social indeseable o conservarla cuando, siendo deseable, está amenazada. La vocación política con mayúsculas, si existe, no reside en prometer felicidad total ni en encontrar recetas únicas, porque no se puede, aunque le duela a los creyentes; reside en equilibrar la conciencia de esos fines con la infinidad de contingencias que impiden soluciones limpias y definitivas. En ese equilibrio se juega el uso de los medios: que sean necesarios, sí, pero que no terminen descomponiendo a la propia sociedad que se pretende dirigir.




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