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El jardín de los desprecios

El jardín de los desprecios

Suplemento viernes 01 de marzo de 2019 -

VERÓNICA BUJEIRO

Antón Chéjov es un autor que ha logrado dialogar con el público por su brillante disección de la vida cotidiana y crítica al orden establecido, decantada en personajes que en su fútil esperanza de cambiar los defectos que les impiden un avance sobre sí mismos y las condiciones que los rodean nos resultan demasiado cercanos para ser ficticios.

Prueba de este dialogo con el presente es la reciente presencia de Las tres hermanas (1900) en escenarios mexicanos con puestas en escena a cargo de los directores Diego del Río y Luis Eduardo Yee. Dentro de esta suerte de revivificación, Villa Dolorosa, de la dramaturga alemana Rebekka Kricheldorf, bajo la dirección de Silvia Ortega Vettoretti, es una desopilante versión libre que materializa los deseos del autor ruso (pues él siempre se sintió incómodo con el tono trágico que aplicaban los directores a sus obras), al convertir el escenario en una comedia feroz que arrasa con varios valores del presente.

Con el subtítulo de “Tres cumpleaños fracasados”, la obra nos ubica en la celebración del onomástico de Irina (Renata Wimer), la más joven de la familia Freudenbach, para presenciar el hastío de un clan de burgueses venidos a menos que se distinguen equitativamente por su superioridad moral e intelectual y por su capacidad de ser completamente inútiles y temerosos ante cualquier actividad que logre sacarlos de su ensimismamiento. El resto del clan compuesto por Olga (Paula Watson, quien alterna con Daniela Zavala), el típico personaje chejoviano que carga con toda la familia además de sus frustraciones, Masha (Mahalat Sánchez) ,la eterna indecisa a la que el amor del no menos atribulado Georg (Salvador Hurtado) quizás pueda salvar, y Andréi (José Carriedo), el idealista que evita colocar los pies en la tierra, convergen como un código descompuesto en la permanente indecisión de la joven Irina, con esa vocación profesional que vemos naufragar en cada una de las tres celebraciones.

Kricheldorf dialoga con el original de forma mordaz y crítica, como si el mensaje de esperanza que emiten las hermanas hacia el futuro fuera replicado 118 años después con violenta sorna por el quiebre de las ideologías, las crisis económicas y las diversas formas en la que los humanos permanecemos aferrados a nosotros mismos con creencias ya no de religión o progreso, sino de clase social y utilidad materialista. La irrupción al cuadro familiar de Janine (Sheila Flores), la novia “pobre” de Andréi, quien pese a su aparente ignorancia posee una mayor adaptación a la vida que los Freudenbach, establece un contraste interesante al respecto, esgrimiendo un sutil argumento contra las sofisticadas teorías y modos de vida del clan, al enfocarse más en la práctica que en la teoría.

Ubicada en un realismo que se acerca a la farsa, la obra posee un tono frenético que representa un reto de dirección en cuanto al ritmo e interacción caótica de la ansiedad de los personajes. Ortega Vettoretti maniobra con destreza este desafío al realizar elecciones pertinentes en la austeridad de su espacio e iluminación escénica, diseñado por Carolina Jiménez, y concentrarse en las habilidades y el enorme talento del ensamble de actores. La obra posee un eco del teatro del absurdo, por la tortura que viven los personajes al dar vueltas en círculos sobre sus deseos y frustraciones, un efecto que alarga la obra, pero que contribuye al mensaje al representar simbólicamente ese embate inútil ante el tiempo que encuentra su forma de recreo en el ingenio y astucia en la que los protagonistas justifican sus decisiones de vida. En voz de sus personajes, la autora alemana realiza un demoledor análisis a los valores actuales y su decadencia, bajo la cita de conceptos filosóficos que rápidamente se parodian en la réplica y acciones de los mismos. Esta inteligente estrategia hace un eco a aquel sabor de boca amargo que siempre nos deja el autor ruso, pues lejos del simulacro de las ilusiones no puede más que instalarse la desazón. Un sentimiento que cimbra por la manera en la que interpela al presente, pues el cuadro patético de los Freudenbach nos resulta a los espectadores una escena muy familiar como para desestimarla. Tras la risa y el infausto ritual de celebración, queda en el aire la aguda pregunta de en dónde se encuentra ahora la esperanza, pero ni los petulantes hermanos saben responderla. Quizás la siguiente adaptación a este gran clásico sea una profecía apocalíptica que termine por demoler lo poco que nos queda, pero en lo que eso sucede es muy recomendable acudir a esta Villa Dolorosa a reír y bien, como Chéjov demandaba en sus tragedias.


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IM/CR

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