La verdadera novedad de nuestros procesos electorales no reside solamente en el volumen de votantes o de participación, en la paridad, en el diseño de las boletas, el número de casillas, en las acciones afirmativas y en el voto electrónico, en prisión o anticipado; sino en un actor invisible que se ha sentado a la mesa de todas las campañas: la Inteligencia Artificial (IA).
Nos encontramos en una fase de expansión donde la IA de la especie “generativa” está redefiniendo las reglas del juego político, despertando tanto expectativas de eficiencia como temores de una manipulación a gran escala.
El estado del arte de la IA en los procesos electorales nos muestra una moneda de dos caras. Por un lado, la tecnología promete modernizar y abaratar la gestión electoral; por el otro, amenaza con erosionar los pilares de la confianza ciudadana y la integridad de la información y la del proceso electoral entero.
La mayor preocupación hoy no es solo que la IA pueda crear contenidos falsos, sino la velocidad, el bajo costo y la escala a la que puede hacerlo. Hemos pasado de los rudimentarios mensajes de texto a los llamados “deepfakes” de audio y video, capaces de imitar a candidaturas o funcionarias y funcionarios electorales con una precisión y realismo que desafía el juicio humano. En México, Brasil y Eslovaquia, ya hemos visto videos y escuchador audios manipulados de figuras políticas promocionando desde estafas financieras hasta discursos falsos en idiomas extranjeros.
A esto se suma la microsegmentación psicográfica. Mediante el análisis de grandes volúmenes de datos, la IA permite a las campañas dirigir mensajes hiper personalizados que explotan los sesgos y miedos individuales, creando "cámaras de eco" donde la conversación democrática se fragmenta y la polarización se agudiza.
Especialmente ominoso es el uso de la IA para amplificar la violencia política de género. Las candidatas y dirigentes son blanco de ataques desproporcionados mediante la creación de imágenes degradantes o de carácter sexual no consentido, con el fin de silenciarlas y apartarlas de la vida pública.
En este entorno, surge el peligroso "dividendo del mentiroso": la capacidad de los actores políticos de negar hechos reales alegando que son contenidos generados por IA, destruyendo así la base común de hechos y de verdad necesaria para cualquier elección dotada de autenticidad y legalidad.
A pesar de estos riesgos, no podemos caer en un tecno pesimismo ciego. La IA también ofrece herramientas valiosas para las autoridades electorales. Esta tecnología podría permitir depurar duplicidades y homonimias de los padrones electorales, optimizar la ubicación de las casillas, mejorar el reclutamiento y la capacitación del funcionariado de éstas, fiscalizar mejor y en tiempo real el gasto electoral en toda su complejidad y dimensión, manejar mejor los archivos de acuerdos y resoluciones de los órganos superiores, el seguimiento a redes y medios y combatir la desinformación política-electoral. Le cuento más el martes.
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