Durante semanas, la Ciudad de México dejó de ser únicamente la capital de las prisas, del tráfico interminable y de las noticias sobre marchas, lluvias o problemas cotidianos. El Mundial transformó el ánimo de los chilangos de una manera que difícilmente puede medirse con estadísticas. Lo hizo en las calles, en las conversaciones, en los abrazos entre desconocidos y en la sensación de que, por un momento, la ciudad pertenecía a todos.
No importó si alguien era un apasionado del futbol o apenas conocía las reglas del juego. La Copa del Mundo se convirtió en un punto de encuentro para millones de personas que encontraron un motivo para salir, convivir y apropiarse nuevamente del espacio público. Las plazas, los parques, el Zócalo y decenas de puntos de transmisión reunieron a familias completas, jóvenes, adultos mayores y turistas en un ambiente que pocas veces se observa en una metrópoli acostumbrada al estrés.
La Ciudad de México demostró que puede organizar eventos masivos con orden y hospitalidad. Los visitantes encontraron una capital vibrante, llena de historia, gastronomía y cultura, mientras que los propios habitantes redescubrieron el orgullo de vivir en una ciudad capaz de recibir al mundo. Ese sentimiento colectivo fue, quizá, uno de los mayores triunfos del Mundial.
También hubo un cambio en el lenguaje cotidiano. Durante esos días, las conversaciones dejaron de girar exclusivamente en torno a la inseguridad, la inflación o los problemas políticos. En el transporte público, en las oficinas y en los mercados se hablaba de goles, jugadas memorables, pronósticos y del ambiente que se vivía en las calles. El futbol logró lo que pocas cosas consiguen: crear un tema común entre personas con ideas, edades y condiciones sociales completamente distintas.
Naturalmente, el Mundial no resolvió los problemas estructurales de la capital. Las lluvias siguieron provocando afectaciones, el tráfico no desapareció y las demandas sociales continuaron presentes. Sin embargo, sí dejó una enseñanza importante: una ciudad que genera espacios para la convivencia fortalece el tejido social y mejora, aunque sea temporalmente, el estado de ánimo de sus habitantes.
Muchos recordarán este Mundial no solamente por los resultados de la Selección Mexicana o por las grandes figuras internacionales. Lo harán porque durante varias semanas la Ciudad de México respiró un aire distinto. Hubo más sonrisas, más convivencia y un sentimiento compartido de pertenencia.
El verdadero legado no está únicamente en la infraestructura o en la derrama económica. Está en haber comprobado que los chilangos, pese al ritmo acelerado de la vida diaria, conservan una enorme capacidad para celebrar, convivir y construir comunidad cuando existe un motivo que los une. Y en tiempos donde predominan la polarización y el desencanto, ese quizá sea el gol más importante que dejó el Mundial.
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