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Murallas de papel

Murallas de papel

Columnas lunes 13 de julio de 2026 -




El pasado nueve de julio, en el Pleno de la Suprema Corte, mientras el ministro Figueroa tenía el uso de la palabra, la ministra Batres se levantó de su lugar para murmurar de pie con elpresidente, al grado de que el expositor debió detenerse y preguntar si podía continuar, y esa escena, lejos de ser una anécdota de sesión, me obligó a releer una columna que publiqué en este espacio hace casi tres años y a admitir que envejeció mal.
Sostuve entonces que el epicentro de todo tribunal constitucional es su salón de sesiones, esa camera di consiglio donde la jurisdicción hace lo más grave que le toca, que es escuchar, debatir y deliberar sobre los destinos de un país, y describí ese recinto como un claustro construido con materiales impermeables, capaz de resguardar de cuanto quisiera penetrarlo desde fuera.
El asedio de aquel momento venía de la calle, y era encabezado con fines políticos que exigían renuncias y destituciones porque la Corte cumplía su papel de contrapeso, de modo que cerré la pieza con la divisa del ministro Aguirre Anguiano, quien en 2007 dijo que no sabían de qué estaban hechas las personas juzgadoras de la SCJN, y aquella frase me pareció una coraza.
Lo que no vi entonces es que ninguna muralla es del todo impermeable, porque la reforma judicial del expresidente López Obrador hizo lo que el asedio no logró, no derribó los muros a golpes sino que cambió a quienes guardan las llaves, pues por la vía de la elección popular llegaron a la Corte distintas personas que han expresado su afinidad con el movimiento gobernante, con lo cual el riesgo de fuera no desapareció, sino que mudó de método.
Ese método ha traído una descomposición en la seriedad que ese salón exige, precisamente porque en él se deciden los asuntos más delicados de la vida pública, y el episodio del nueve de julio no es la causa de esa descomposición sino su síntoma, la señal de que la forma de estar en el Pleno ha dejado de corresponder a lo que en el Pleno se resuelve.
Conviene entonces decir con seriedad por qué escuchar importa, y no basta con llamarlo cortesía, porque un tribunal constitucional no es un mecanismo para sumar votos sino para deliberar, y sus sentencias no se legitiman por haber reunido una mayoría sino por brotar de una confrontación real de razones, de suerte que el deber de motivación presupone que esas razones fueron efectivamente oídas y pesadas antes de votarse.
Quien desatiende la palabra ajena no comete una falta de uso social, vacía la premisa deliberativa que distingue a una sentencia de un mero acto de poder, y aquí reaparece la vieja distinción entre la potestas, que es la fuerza de mandar, y la auctoritas, que es la autoridad ganada ante quienes reconocen haber sido escuchados; una Corte que deja de deliberar conserva la primera y dilapida la segunda, que es la única que de verdad la sostiene.
Por eso mi columna de 2023 envejeció mal, porque confié en muros que hoy no detienen del todo lo que viene de fuera y que, a la vez, se derriban desde dentro por el dudoso compromiso, seriedad y formalidad en el debate, que es donde la SCJN se juega, más que en ningún voto, su razón de existir.
Obiter dicta. Aquella divisa: “de eso estamos hechos”, se dijo como escudo y hoy se lee como reproche, porque una Corte también se deshace de aquello que decide dejar de honrar.




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