Durante décadas escuchamos una frase que parecía una regla de oro en muchos hogares mexicanos: "En esta casa no se habla de política, de religión ni de futbol." La intención, quizá, era evitar conflictos. El resultado, sin embargo, fue otro: generaciones enteras crecimos creyendo que la política era un asunto ajeno, incómodo o, peor aún, exclusivo de unas cuantas personas.
Y ese ha sido uno de los errores más costosos que hemos cometido como sociedad.
Porque hacer patria no comienza el día de las elecciones. Comienza mucho antes: en las aulas.
Existe una enorme diferencia entre adoctrinar y politizar. El adoctrinamiento impone respuestas; la educación política enseña a formular preguntas. El primero busca obediencia; la segunda, formar personas libres. Mientras uno cancela el pensamiento, la otra lo fortalece.
Politizar al estudiantado no significa decirle por quién votar ni qué ideología adoptar. Significa enseñarle a comprender cómo funciona el Estado, cuáles son sus derechos, cuáles son sus obligaciones y por qué las decisiones públicas impactan su vida cotidiana. Significa formar personas jóvenes capaces de cuestionar, deliberar, argumentar y participar.
Una democracia no se sostiene únicamente con instituciones fuertes; necesita una ciudadanía preparada para defenderlas.
Por ello, las aulas deben convertirse en el primer laboratorio de la democracia. Ahí es donde el estudiantado debería aprender a escuchar ideas distintas sin convertirlas en enemigas; a debatir con argumentos y no con insultos; a distinguir entre evidencia y desinformación; a entender que disentir no significa destruir, sino enriquecer el debate público.
Vivimos en una época donde las redes sociales han democratizado la información, pero también la desinformación. Nunca había sido tan sencillo emitir una opinión y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil construir un criterio propio. La inmediatez ha sustituido, muchas veces, a la reflexión.
Por eso el pensamiento crítico dejó de ser un lujo académico para convertirse en una necesidad democrática.
Cuando una persona joven aprende a preguntar quién tomó una decisión, con qué fundamento, a quién beneficia y cuáles pueden ser sus consecuencias, está desarrollando una ciudadanía activa. Cuando comprende que el presupuesto público proviene de los impuestos de todas las personas, que una ley puede transformar una comunidad y que una política pública puede mejorar o empeorar la vida de millones de personas, deja de ser espectadora para convertirse en protagonista de su país.
México necesita ingenieras e ingenieros, médicas y médicos, abogadas y abogados, científicas y científicos, empresarias y empresarios extraordinarios. Pero también necesita una ciudadanía extraordinaria.
Una ciudadanía que no permanezca indiferente ante la corrupción, la desigualdad o la violencia. Que entienda que la política no es solamente lo que ocurre en los congresos o en los partidos políticos, sino todo aquello que define la manera en que convivimos como sociedad.
Quizá ha llegado el momento de cambiar aquella vieja frase con la que muchas personas crecimos.
En lugar de decir que en casa no se habla de política, deberíamos empezar por hablar de ciudadanía, de participación, de derechos y de responsabilidades. Y las escuelas tendrían que acompañar ese esfuerzo formando jóvenes capaces de pensar por sí mismas y por sí mismos.
Porque una nación no se construye únicamente con carreteras, hospitales o infraestructura. También se construye con ideas, con conciencia cívica y con una ciudadanía que sepa defender la democracia desde la razón y no desde la pasión.
Hacer patria desde las aulas significa sembrar la semilla del pensamiento crítico y de la deliberación democrática. Significa enseñar que ninguna autoridad está por encima del escrutinio ciudadano y que ninguna sociedad puede aspirar a ser verdaderamente libre si sus juventudes tienen miedo de preguntar.
Porque el futuro de México no dependerá solamente de quién gobierne mañana.
Dependerá, sobre todo, de cómo estamos formando hoy a quienes algún día tomarán esas decisiones.
Educar para la ciudadanía es, quizá, el acto más profundo de patriotismo que puede realizar una nación. Porque una persona con pensamiento crítico no es una persona incómoda; es una persona comprometida. Es quien entiende que la democracia no se reduce al ejercicio del voto cada determinado número de años, sino que se vive todos los días mediante la participación, la vigilancia del poder, el respeto a la ley y la defensa de las libertades.
Hacer patria desde las aulas significa comprender que cada salón de clases puede ser el lugar donde nazca una científica brillante, un empresario honesto, una jueza íntegra, un legislador responsable o una presidenta o un presidente de la República. Pero, antes que cualquiera de esos cargos, debe nacer una ciudadanía consciente.
Porque las naciones no cambian cuando cambian sus gobiernos. Cambian cuando cambia su ciudadanía. Y ese cambio comienza, siempre, con una maestra o un maestro que enseña a pensar, una escuela que enseña a deliberar y una sociedad que entiende que educar para la ciudadanía no es hacer política partidista: es asegurar la libertad de las próximas generaciones.