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Las Soldaderas

Las Soldaderas

Entornos lunes 18 de noviembre de 2019 - 03:29

Por Elena Poniatowska


Petra Herrera también cambió su personalidad para permanecer en el servicio activo y ascender de puesto.
En las madrugadas fingía rasurarse la barba. “Apenas me está creciendo”, aclaraba. “Pedro Herrera” voló puentes y mostró una enorme capacidad de liderazgo entre las fuerzas villistas. Reconocida como “excelente soldado”, salió con trenzas y gritó:
-Soy mujer y voy a seguir sirviendo como soldada con mi nombre verdadero.
Se quedaron tan aturdidos que no supieron qué hacer.
Petra Herrera siguió en combate y tomó parte, junto con otras cuatrocientas mujeres, en la segunda batalla de Torreón, el 30 de mayo de 1914. Cosme Mendoza Chavira, otro villista, asegura que “fue ella quien tomó Torreón y apagó las luces cuando entraron en la ciudad”. La historia convencional no menciona la participación de Petra Herrera. Villa nunca le dio su lugar a mujer alguna y ocultó el papel de Petra Herrera en la toma de Torreón.
Tal vez el no ser reconocida motivó a Petra a formar su propia brigada que muy pronto ascendió de veinticinco a mil mujeres. Bajo su mando, ningún hombre podía pasar la noche en el campamento.
“¡Centinela… aleeeerta!” Había guardias nocturnas que le disparaban a cualquiera que intentara acercarse a las soldadas dormidas sin echar siquiera el ¡Quién vive! Su carácter animado y alegre le ayudó a ganar muchos seguidores. En 1917, ya aliada de Carranza, solicitó ser reconocida como generala y permanecer en el servicio militar. Su ejército de mujeres fue disuelto y Petra terminó como moza en una cantina de Juárez. Allí actuó como espía para los carrancistas de Chihuahua. Una noche, un grupo de borrachos la insultó y le disparó tres veces. Sobrevivió al ataque, pero murió porque las heridas se infectaron.
María Quinteras de Merás se enlistó en el ejército de Villa en 1910. Para 1913, ya había combatido en diez batallas y alcanzado altos honores. Extraordinaria amazona, cuidaba de su alazán como de un hijo y le gustaba atravesar a galope tendido los lomeríos áridos y dejar tras de sí una estela de polvo. Encabezó varios ataques suicidas y subalternos llegaron a pensar que algún poder sobrenatural, algún pacto con el diablo, la había ganar todas las batallas. “Esta vieja es la de la suerte” porque con ella salían victoriosos. Su esposo sirvió como capitán bajo su mando y ella nunca le pagó. María Quinteras de Merás se negó a recibir pago alguno de Pancho Villa, lo que le mereció el respeto de su parte. Viniendo de Villa, que menospreciaba a las mujeres, ese respeto compensó a María Quinteras de desaires, sinsabores y desplantes machistas.
Aunque las mujeres se convirtieron en pieza importante para el éxito de varias batallas, muchos generales afirmaban que las viejas nada tenían que hacer en la batalla y que, como en los barcos, traían mala suerte. Otros las toleraban en los campamentos porque ellos mismos traían a su “señora comidera”.

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JG/CR

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