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Melville escribe a Hawthorne

Melville escribe a Hawthorne

Columnas miércoles 20 de febrero de 2019 -

Los escritores estadunidenses Herman Melville y Nathaniel Hawthorne tuvieron una efímera amistad entre 1951 y 1952, periodo en que Hawthorne, de 47 años, acababa de publicar su Letra escarlata, éxito de ventas, y Melville, de 32, estaba por pasar a la imprenta Moby Dick. La siguiente epístola forma parte del libro Cartas a Hawthorne, traducido por Carlos Bueno Vera, de Ediciones La Uña Rota.

[1 de junio (?) de 1851 Pittsfield

Mi querido Hawthorne:

Habría cabalgado dando tumbos hacia usted con mi carruaje de madera de pino hace ya mucho tiempo si no fuera porque desde hace algunas semanas he estado más ocupado de lo que quepa imaginarse: construyendo, haciendo remiendos y pequeños ajustes acá y allá, al aire libre. […] Comencé la carta explicando el motivo por el que que no había ido a Lenox: resulta que por la noche estoy hecho un despojo, como suele decirse, y me siento incapaz de emprender el largo traqueteo hasta su casa y regresar.

En una semana más o menos me voy a Nueva York a encerrarme en una habitación de un tercer piso y matarme a trabajar en mi “Ballena” mientras poco a poco se abre paso hacia la imprenta. No se me ocurre otra manera de terminarla. Ando siempre de acá para allá por culpa de distintas circunstancias. Esa atmósfera silenciosa de paz y tranquilidad en la que crece la hierba, bajo la cual todo escritor debiera crear... rara vez, me temo, la consigo. El dinero es mi maldición. Y el Diablo malintencionado siempre me sonríe con burla mientras sujeta la puerta entreabierta. Mi querido señor, me acecha un presentimiento: al final acabaré exhausto y pereceré, como un viejo rallador de nuez moscada, rallado en virutas por el continuo desgaste de la madera, esto es, por culpa de la nuez moscada. Lo que me impulsa a escribir, está vetado: no da dinero. Y sin embargo, por lo general, escribir de otro modo no puedo. Así que el resultado final es una chapuza, y todos mis libros son un estropicio. Tal vez parezca por esta carta que estoy dolido, pero tendría que ver mi mano: cuatro ampollas en esta palma por culpa de la azada y del martillo con los que he trabajado en los últimos días.

Es una mañana lluviosa, por lo que me he quedado en casa y he dejado de lado lo que tenía entre manos. Soy propenso a la alegría y por consiguiente escribo con tristeza. ¡Ojalá tuviera en casa algo de ginebra...! Si alguna vez, mi querido Hawthorne, en la eternidad que está por venir, usted y yo nos sentáramos juntos a la sombra en algún rincón del Paraíso; si fuéramos capaces de pasar de contrabando una cesta con botellas de champagne (me niego a creer en un cielo abstemio), y cruzáramos las piernas celestiales sobre la hierba celestial que allí, porque el clima es tropical, crece siempre fértil y exuberante, y brindáramos chocando nuestras copas y nuestras cabezas hasta que ambas, eufónicas, suenen a la par... Después, oh, mi querido amigo-mortal, conversaríamos con sumo placer sobre todos los diversos asuntos que tanto nos afligen ahora, y lo haríamos cuando la tierra entera ya no fuera sino sólo un lejano recuerdo, sí, y su disolución final una antigualla. Luego, las canciones habrán de componerse como cuando termina una guerra: canciones cómicas, humorísticas. “Ah, recuerdo cuando vivía en aquel extraño agujero llamado mundo”; o bien: “Ah, lo duro que trabajé y sude allí abajo”: o bien: “Ah, y las veces que fui golpeado y en las que yo golpeé en la batalla...” Sí, deseemos cosas así. Prometámonos eso, aunque ahora sudemos a causa de este calor tan seco que es indispensable para que la vid germine y dé las uvas de las que saldrá el champagne del más allá.

Pero hablaba de la “Ballena”. Como dijo el pescador, “estaba aturullada” cuando la dejé hace tres semanas. En cualquier caso, la voy a agarrar de la mandíbula dentro de no mucho y acabaré con ella de algún modo u otro. ¿Qué sentido tiene afanarse tanto en algo como una vida tan efímera como es un libro moderno? Aunque escribiera los Evangelios de este siglo, moriría en la miseria.

No dejo de hablar de mí mismo, y eso es egoísmo y egoísmo. Se lo concedo. Pero, ¿cómo evitarlo? Le escribo; sé poco de usted, pero sé algo de mí mismo. Así que escribo sobre mí mismo por lo menos a usted. No se moleste, con todo, en escribir; y no se moleste en visitarme; y cuando de verdad me haga una visita, no se moleste en decir nada. Yo me encargaré de escribir, de hacer la visita y de hablar. […] No me cabe duda de que usted es responsable de muchos de los temblores que sacuden eso que llaman “el gran público”. Hay un credo horrible muy extendido entre los poetas según el cual cultivar el cerebro devora y anula el corazón. Pero en mi opinión de prosista, el corazón de la mayoría de los hombres que tienen un cerebro lúcido y saben emplearlo bien, se extiende hasta los pies. Y aunque el corazón se ahúme en el fuego de las tribulaciones, como se ahúma un buen jamón, la cabeza conservará aún el más rico y exquisito de los sabores. Yo defiendo el corazón. ¡La cabeza es para los perros! Hubiera preferido ser un idiota con corazón que ser Júpiter y tener su cabeza. El motivo por el que la humanidad teme a Dios, y en el fondo le resulte antipático, es porque prefiere desconfiar de Su corazón y figurarse que Él es todo cerebro, como el mecanismo de un reloj. […]

H. Melville


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/CR

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