Por Karla Sánchez Castañeda
Las fronteras entre una ciudad y la carretera que conduce a ella no son siempre tan claras. Pero a dos semanas de que el huracán Otis tocara tierra en Acapulco, uno reconoce cuando ingresa a la zona de desastre. Todo empieza con algunos árboles derribados, a estos le siguen los espectaculares retorcidos y en adelante, calles y calles llenas de escombro, material, basura, edificios destruidos, tiendas saqueadas, tráfico y gente a pie; algunos solo desplazándose; otros, haciendo largas filas para acceder a una despensa o esperando a que abran los comedores comunitarios instalados en distintos puntos.
Una de las colonias más antiguas de Acapulco es la Progreso, donde las secuelas de la tormenta se sienten tanto como los primeros días.
Ahí, Pedro, que nació en Sinaloa pero eligió vivir en el puerto hace dos años, intenta echar a andar de nuevo su negocio. De buen humor, nos recibe, nos dice que sus quesabirrias son las mejores y que poco a poco saldrán adelante. Pero también lamenta los días que han seguido al huracán.
“Aquí en la colonia estamos abandonados (...) el escombro que está aquí en las calles es porque los vecinos lo han sacado. No ha pasado ningún camión recolector. Tenemos dos días que llegó el agua y no tenemos nada de luz”, asegura.
Esa es también la queja de sus vecinos. Doña Eduarda, una mujer mayor que vive apenas a unas casas de distancia, reitera que en 75 años no había visto destrucción similar “ni cuando vino el Paulina”, dice, refiriéndose al huracán de 1997. Ella ha sobrevivido estos días con despensa que su familia le llevó desde la Ciudad de México, pero más allá del censo federal que se realiza casa por casa, señala que las autoridades no han hecho mucho.
Caminar por la Progreso es toparse con montoneras de basura -y el olor correspondiente-, gente revisando los daños de sus viviendas -muchas de las cuales perdieron techo y cristales-, locales tapiados para evitar la rapiña y coches aplastados por los postes de luz que cayeron con el viento y que personal de la Comisión Federal de Electricidad busca recomponer trabajando a marchas forzadas. Con todo, la luz no regresa y la oscuridad que trae consigo la noche, viene acompañada de la inseguridad. “No anden afuera muy tarde”, nos recomienda más de un vecino con el que platicamos, porque “en la noche, la cosa se pone fea”.
Contra esta preocupación, a los ciudadanos nos les queda más que confiar en los rondines de la Guardia Nacional -cuyos elementos se encuentran distribuidos por casi toda la ciudad- y en las barricadas que algunos han elegido montar como precaución, mientras pasa la contingencia y mientras poco a poco, la ciudad recupera parte de lo que Otis le arrebató.
Foto: Karla Sánchez Castañeda