Celebración de Thelma Nava

Celebración de Thelma Nava

EDUARDO LANGAGNE

La poeta Thelma Nava está por cumplir 86 años de existencia. Una de las poetas más importantes del siglo XX en México, Nava tiene una trayectoria no sólo como escritora sino también como editora y promotora de la literatura, además de una inquietud de cuestionamiento político que no puede desdeñarse.

I

La obra de Thelma Nava sugiere un expresivo testimonio de soledad que brota de silencios compartidos. La pluma silenciosa y apartada se introduce en sí misma para hurgar en ese fértil territorio donde busca y localiza su palabra, nítida y evocativa, cercana siempre a la tradición de la poesía latinoamericana. La poeta ha sabido compartir su vocación en el ámbito de nuestra lengua y en el plano geográfico del continente. Estas palabras desean invitar a nuevos lectores al acercamiento a la poesía de Thelma Nava.

Para muchas generaciones, a partir de la mitad del siglo pasado la radio fue la fogata alrededor de la cual se podía conversar cercanamente en las noches de luna, al contorno del fuego que reúne las historias. En la emotiva entrevista publicada hace ya varios años en la revista Agulha, de Fortaleza, Brasil, Thelma conversa sobre su cercanía con la música en esas tardes solitarias de radio. Las notas musicales eran para ella el descubrimiento de una veta para transitar la ruta hacia el tesoro. Para Thelma escribir era un ritual solitario, su alimento secreto. “Era como hurgar en el cofre del tesoro donde me deslumbraba la seducción de las palabras, sus ritmos y significados”.

No sabemos muy bien en qué momento la poesía detona en un espíritu sosegado. “El reposo nos brinda siempre una lectura nueva” y, en la serenidad de su escritura, Thelma Nava nos convida extraordinarios versos de poesía vital: Ayúdame a insertar mi corazón en la tapa de este libro y declara: “La poesía me daría la definitiva certeza de que es lo único que nos mantiene vivos y nos rescata del olvido”.

II

Desde muy niña, Thelma Nava descubrió lecturas como Andersen, Salgari, Verne y los hermanos Grimm, entre otros. Más tarde se incorporaron Vallejo, Rilke, Milosz, voces que darían forma a su propia poética: “Mi afán de encontrar palabras que nombraran la vida surgió de esas lecturas”. Thelma Nava ha mantenido su lealtad a la poesía en una generosa y creativa trayectoria a lo largo de numerosas décadas. Además de su trabajo poético, participó vivamente en momentos singulares del devenir histórico de la América Latina en la segunda mitad del siglo XX, que no es poco decir, fruto de su amistad con personajes como Juan de la Cabada, Eraclio Zepeda, Saúl Ibargoyen y Roque Dalton, el poeta salvadoreño que Thelma conoció desde el comienzo de esa década en la Ciudad de México.

La poeta se comprometió también con el movimiento social de Nicaragua de finales de los setenta. Con Ernesto Cardenal viajó al Tribunal Russell, en Roma, para presentar la denuncia sobre las violaciones a los derechos humanos de la dictadura de Anastasio Somoza. Nicaragua, tristemente, vive otro momento crítico en este momento, y la voz de Thelma Nava es impulso para recordar la literatura de este país, que sobrepasa y permanece más allá de regímenes y política: “Nicaragua para mí es un país mágico con poetas entrañables como Gioconda Belli, Julio Valle Castillo y Carlos Martínez Rivas, entre otros”.

De igual modo, a cincuenta años de las profundas heridas que causó la intervención oficial armada en Tlatelolco, podemos tener una nueva lectura del poema “Tlatelolco 68”, uno de los más importantes de Nava por sus múltiples significados, que nos llevan a trasladar la incertidumbre y la angustia a prácticamente todos los lugares donde aparece la represión: “Que no se olvide nada/ aunque pinten de nuevo los muros/ y laven una y otra vez/ todas las piedras […]”.

Otra de las muchas tareas meritorias de Thelma Nava es su participación como editora y difusora de literatura. Con el siempre recordado Luis Mario Schneider, Thelma fundó en los años sesenta la revista y la editorial Pájaro Cascabel, en torno a la cual se reunió un grupo talentoso de escritores y artistas plásticos del que ella misma ha recordado: “Puedo asegurar a la distancia que jamás hubo entre nosotros la menor sombra de envidia o mezquindades, tan frecuentes en ocasiones en el medio. Por el contrario, nos ayudábamos entre todos generosamente”.

Una revisión somera a los diccionarios de escritores hace ver que son numerosos los poetas que tienen en su bibliografía publicaciones en la editorial o en la revista Pájaro Cascabel, que puso en plomos una buena cantidad de materiales literarios; hay textos importantes de nuestra tradición que sólo aparecen en la revista, por ejemplo, un poema de José Carlos Becerra que no está incluido en El otoño recorre las islas. Las nuevas generaciones pueden aproximarse al Pájaro Cascabel que invita aún a la revisión intemporal. En ella, como en muchas otras publicaciones periódicas, hay una generosa biografía intelectual de la literatura mexicana; se trazan coordenadas y se dibujan mapas que permiten ver con mayor claridad el sinfín de rutas de nuestra rica tradición. La labor de Thelma y sus compañeros en el Pájaro Cascabel es tan propositiva como afortunada.

Ahora que nos son tan familiares los encuentros de poetas, hay que recordar que esta señalada presencia de México tiene ricos antecedentes. Thelma Nava, con Sergio Mondragón y Margaret Randall, editores de El Corno Emplumado, formó parte del grupo organizador del Primer Encuentro Interamericano de Poetas, que se llevó a cabo hace ya más de medio siglo en la Ciudad de México. En esa asiduidad del esfuerzo de divulgación y creación poética, aunada a la participación social, la generación de Thelma colaboró además en la puesta en práctica del término poeta, destinado a nombrar a las mujeres que escriben poesía, en sustitución del término poetisa.

En el coincidir cronológico, la generación de Thelma Nava era rotundamente joven a mediados del siglo XX. Es coetánea, por ejemplo, del grupo conocido como La Espiga Amotinada, que incluye a Juan Bañuelos (1932), Óscar Oliva (1937), Jaime Augusto Shelley (1938), Eraclio Zepeda (1937) y Jaime Labastida (1939). Tuvo un enlace directo y personal con las figuras literarias de esos años. Para nuevas lecturas de su poesía a la luz de una reflexión nueva, es útil el contexto de su generación. Son muchas las amistades profesionales de Thelma Nava de las que surgieron iniciativas y conversaciones que incidirían en su formación: la sostenida con Jesús Arellano, las múltiples tertulias, que ella recuerda como irreverentes y gozosas, con Alfonso Reyes, a quien define como “el santo patrono de las causas literarias”.

Hay que destacar las épocas en las que pocos talleres literarios existían. Afortunadamente la Casa del Lago abrigaba entre sus muros el taller de Juan José Arreola, tan apreciado por quienes se formaron con él y tan reconocido conforme la historia nos hace mirar hacia atrás para tomar impulso. Thelma tuvo maestros como Ramón Xirau y Tomás Segovia. La Casa del Lago fue una referencia indiscutible del aprendizaje no formal. Ahí estuvo cerca de Juan Vicente Melo, Isabel Fraire y Rita Murúa; mantuvo proximidad creativa con Tomás Mojarro, Vicente Leñero, Carmen Rosenzweig y Manuel Echeverría, además de Sabines, Rubén Salazar Mallén, Amparo Dávila y las hermanas Olga e Irene Arias. En el Centro Mexicano de Escritores se benefició con la cercanía de Juan Rulfo. En sus viajes por América Latina Thelma tuvo coincidencia con autores como Raúl González Tuñón, “a quien lamentablemente no tuve la oportunidad de entrevistar”. Aunque por teléfono sí entrevistó a Juana de Ibarbourou en Montevideo.

Thelma Nava nos ha contado también, con palabras dulces, lo que significó su vida compartida más de dos décadas con el cocodrilo Efraín Huerta, la cercanía poética, duradera, amorosamente amada: “¿Acaso era necesario decir que las señales del amor/ eran tan evidentes como el sello que llevaba en la frente el acusado?...” En un poema esencial en su lírica da un consejo que, al mismo tiempo, es atisbo de la vida privada y muestra la agudeza del pensamiento de la poeta y su sensibilidad expresiva:

Para quien pretenda conocer a un poeta

Es difícil conocer el corazón de un poeta.

A primera vista resulta fácil doblegarlo por la vanidad,

ensalzarle y hasta aprenderse de memoria

unas cuantas líneas suyas.

Caminar a su lado y sostener el mar con la mirada

hablar de ciudades irreales,

adivinar su amor y sus costumbres,

su vida cotidiana, sus odios y rencores.

Penetrar el secreto de su técnica

llegar a sus orígenes.

Pero ¿quién, bajo la lluvia, es capaz, sabe realmente

cómo es por dentro ese cuerpo tembloroso, amoroso,

maldito, blasfemo o perseguido de un poeta?

Thelma Nava es una de las autoras incluidas en Poesía en movimiento, libro de 1966, que las nuevas generaciones reclaman como un libro de escasa consideración a las poetas que en los años de su compilación estaban en activo. En el prólogo de Poetas de Tierra Adentro III, de 1997, Thelma Nava anota: “La escritura, anteriormente casi dominio masculino, está equilibrándose en forma muy saludable, demostrando que el oficio de la poesía es también la expresión de la existencia humana y el reflejo de la vida”.

Hace casi dos décadas que la poesía prácticamente completa de Thelma Nava se reunió en El primer animal, un libro que contiene una esclarecedora, inteligente nota introductoria de Angélica Tornero, que sitúa con amplitud su lírica en una justa dimensión. Los pasos circulares, Antología personal, de 2003, destaca el sitio sobresaliente que ella ocupa en el amplio panorama de la poesía nacional, impulsada por esa fuerza de nuestras poetas nacidas en la primera mitad del siglo anterior.

La poética de Thelma Nava, nítida y evocativa, inserta en la tradición latinoamericana, es una referencia importante de la participación cada vez más frecuente de mujeres en la poesía. Thelma Nava ha sabido transitar todos los momentos afectivos en su escritura, su voz es sensiblemente personal y distintiva no sólo para su generación, sino también para las posteriores; supo expresarse en los lenguajes latinoamericanos, ha estado inmersa en los movimientos sociales y es parte de las generaciones que han reivindicado la posición de la mujer en el mundo contemporáneo.



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