Singular venero de líderes megalómanos ha sido Asia Central desde
el desmoronamiento de la Unión Soviética. Uno de ellos es
Nursultán Nazarbáyev, nacido en una familia campesina, formado
como ingeniero metalúrgico y elegido en 1989 -tras largos años de
oscura fajina burocrática- jefe del Partido Comunista de la
República Socialista Soviética de Kazajistán. Al desaparecer la
URSS se convirtió, súbitamente, en dueño de la novena nación más
extensa del mundo, esteparia e inhóspita, pero llena de petróleo, gas,
uranio, oro, carbón y manganeso. Instauró Nursultán en su flameante
república un férreo gobierno personalista, autoritario y
clamorosamente corrupto. El presidente decidió construir una nueva
capital: Astana (rebautizada en 2019 como Nur Sultan), uno de los
proyectos de urbanización más caros y delirantes de la historia,
situada en medio de la estepa semidesértica. Una ciudad pretenciosa,
fría y despersonalizada llena de patosos edificiotes revestidos de
vidrio espejado y coronados por horribles picos o cupulotas.
Nursultán dejó voluntariamente la presidencia en 2019, pero no el
poder. Recibió el título de “Padre de la Patria” y asumió la jefatura
del Consejo de Seguridad. Desde ahí mangoneaba (o creía
mangonear) a su lánguido sucesor, un tal Kasim-Yomart Tokáyev.
Hoy Kazajistán arde en llamas. Miles de personas salieron a las
calles para protestar, por fin, contra su mal gobierno. Las
manifestaciones iniciaron por el aumento de los precios del
combustible y se convirtieron en un alud de insatisfacción contra el
régimen y contra Nazarbayev. “El viejo, ¡fuera!”, gritan, exaltadas,
miles de personas en los mítines. Por cierto, la causa de los
incrementos al combustible fue la criptominería. El país abarca el 18
por ciento de toda la minería de criptomonedas mundial. Ello
demanda ingentes cantidades de energía. Al aumentar drásticamente
el consumo de electricidad vino la escasez, lo cual obligó al
gobierno a eliminar generosos subsidios a los hidrocarburos
instaurados en la época de Nursultán. Esta crisis es flagrante muestra
de algunas debilidades de las criptomonedas
La represión ha sido salvaje. Se han perdido decenas de vidas. El
presidente de Kazajistán ordenó disparar a la gente sin previo aviso
porque, según él, los disturbios son incitados por terroristas
extranjeros. Tokáyev ha aprovechado la situación para tomar
distancia frente a su predecesor. Ya lo relevó al frente del Consejo
de Seguridad y el gobierno ha dejado de llamar “Nur Sultán” a su
fea capital, mientras en la calle los manifestantes derriban las
estatuas del otrora “Padre de la Patria”. Por su parte, Putin ha
enviado tropas en auxilio del gobierno Kazajo. El tiranuelo ruso
protege a sus vecinos autoritarios y mucho se preocupa por preservar
su “zona hegemónica”. No quiere otro caso como el de Ucrania,
donde una rebelión cívica echó del poder al presidente proruso
Víktor Yanukóvich en 2014.