Miguel Marín ha sido el mejor portero y sin duda uno de los mejores extranjeros que hayan actuado en el futbol mexicano. Llegado en 1971, fue fundamental en la época de oro de Cruz Azul.
Para todos es bien sabido que el gol es la máxima emoción dentro del balompié; el momento cumbre llega precisamente cuando el balón traspone la línea final y se aloja en las redes. Aquel jugador que ha anotado un gol recibe el aplauso y reconocimiento de todos. Sin embargo, a veces sucede que, por una infortunada circunstancia, alguien horada su propia meta. No es raro ver que, en sus afanes para evitar que su equipo reciba una anotación en contra, de pronto un defensa clava el balón en su arco. Es una de las peores pesadillas de un zaguero. De vez en cuando pasa que al portero le rebota en la espalda un tiro que ha pegado en el poste o en el travesaño y debido a esto se le acredite el autogol.
Pero, en sentido estricto, un portero jamás había anotado un autogol, hasta la tarde del sábado 23 de mayo de 1976. Ese día las gradas del estadio Azteca mostraban un aspecto tristón, dada la poca asistencia de público para presenciar el encuentro entre Cruz Azul y Atlante. El Azul se fue al frente en el minuto 14 del primer tiempo, merced a una buena jugada de Héctor Pulido. A partir de ese momento el partido entró en un ritmo soporífero que hizo decaer aún más el ambiente en las tribunas, pues los Potros de Hierro, a pesar de ir perdiendo, no mostraban mucha ambición al frente, lo cual no le venía nada mal a los cementeros –dirigidos entonces por el húngaro Jorge Marik–, que se limitaron a enfriar las acciones. Así, mientras que unos no mostraban capacidad ofensiva, los otros se contentaban con sobrellevar las acciones en espera del silbatazo final.
En verdad ese Cruz Azul-Atlante estaba destinado a ser un partido digno de olvidarse rápidamente. Mas sucedió entonces lo increíble: corría el minuto 35 del segundo tiempo, cuando por fin los azulgranas lograron un avance más o menos peligroso; Lugo sirvió hacia atrás a su compañero Souza “Binha”, que disparó potente, pero al centro; “El Gato” Marín lo controló sin problemas, y éste, viendo en ese instante mal parados a los atlantistas para defenderse de un contraataque, de inmediato intentó servir con la mano a Mora –que se encontraba por la izquierda– pues estaba totalmente solo. Un rival se percató de las intenciones del portero cementero y corrió a hacer la cobertura; entonces, Marín, que ya había iniciado el giro para servirle a Lugo, se arrepintió e intentó corregir la acción que iba a realizar. Le fue imposible, su cuerpo estaba ya completamente en movimiento y al querer detenerlo perdió el equilibrio; pero, además, no sólo no pudo detener el viaje que ya había empezado el balón, sino que, al tocarlo con los dedos, cambió su trayectoria ¡justo en dirección al marco!; el esférico picó al tiempo que “El Gato” fue a dar al pasto. Intentó levantarse y correr a desviarlo, pero resbaló y ya nada pudo hacer más que presenciar impotente el trágico viaje de la bola hacia su mismísima portería.
Los pocos asistentes al estadio muy pronto se olvidaron de ese horrendo encuentro que terminó 1-1, pero ciertamente recordarían toda su vida el autogol de Miguel Marín. El gran portero argentino, auténtico genio de los tres palos, se acreditó de esa manera uno de los goles más extraños e insólitos en la historia del futbol. Hasta el jueves…