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Columnas
En 1990 Octavio Paz reveló en una conversación con Alfred MacAdam, profesor de literatura latinoamericana de la Universidad de Columbia, sus ideas acerca de escribir poesía. La entrevista fue publicada en el libro Latin American Writers at Work. La traducción es mía. (Ed. George Plimpton, The Paris Review & The Modern Library.)
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Cuando era joven, mis grandes ídolos eran poetas, no novelistas —aun cuando admiraba a Proust o Lawrence. Eliot fue uno de mis ídolos, pero también Valery y Apollinaire. Pero la poesía hoy es como un culto secreto cuyos ritos se celebran en las catacumbas, al margen de la sociedad. La sociedad de consumo y los editores comerciales ponen poca atención a la poesía. Creo que esta es una de las enfermedades de la sociedad. No podemos tener una buena sociedad si no tenemos buena poesía. Estoy seguro de eso. […] una sociedad sin poesía es una sociedad sin sueños, sin palabras, y aún más importante, sin ese puente entre una persona y otra que es la poesía. Somos diferentes de los demás animales porque podemos hablar, y la forma suprema del lenguaje es la poesía. Si la sociedad acaba con la poesía comete un suicidio espiritual.
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[…] se puede escribir poesía en cualquier momento, en cualquier parte. Algunas veces compongo un poema mentalmente en un autobús o caminando por la calle. El ritmo de la caminata me ayuda a componer los versos. Luego, cuando llego a casa, lo escribo todo. Durante mucho tiempo, cuando era más joven, escribía por la noche. Hay más silencio, más tranquilidad. Pero escribir por la noche magnifica la soledad del autor. Ahora escribo ya entrada la mañana y por la tarde. Es un placer terminar una página cuando cae la noche.
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Cada poema es diferente. Con frecuencia la primera línea es un regalo, no sé si de los dioses o de esa facultad misteriosa llamada inspiración. Pondré el ejemplo de “Piedra de Sol”: escribí los primeros treinta versos como si alguien me los estuviera dictando silenciosamente. Me sorprendió la fluidez con la que esas líneas endecasílabas aparecían una tras otra. Llegaban desde lejos y de cerca, desde mi propio pecho. Repentinamente, la corriente dejó de fluir.
Leí lo que había escrito: no tuve que cambiar nada. Pero sólo era el comienzo, y no sabía a donde iban esas líneas. Pocos días después intenté comenzar de nuevo, no de manera pasiva, sino tratando de orientar y dirigir el flujo de los versos. Escribí otras treinta o cuarenta líneas. Me detuve. Regresé a ellas algunos días después y, poco a poco, empecé a descubrir el tema del poema y hacia dónde se dirigía. […]
Era una especie de revisión de mi vida, una resurrección de mis experiencias, mis preocupaciones, mis fracasos, mis obsesiones. Me di cuenta de que vivía el final de mi juventud y que el poema era simultáneamente un final y un nuevo comienzo. Cuando llegué a determinado punto, la corriente verbal se detuvo, y todo lo que pude hacer fue repetir los primeros versos. Ése es el origen de la forma circular del poema.
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Escribir es un proceso doloroso que requiere un gran esfuerzo y noches sin dormir. Además de la amenaza del bloqueo del escritor, queda siempre una sensación de fracaso inevitable. Nada de lo que escribimos es lo que queríamos. Escribir es una maldición. La peor parte es la angustia que precede al acto de escribir —las horas, días o meses que buscamos en vano la frase que abra el grifo para que el agua fluya—. Una vez que esa frase está escrita, todo cambia: el proceso es cautivador, vital y enriquecedor, sin importar el resultado final. ¡Escribir es una bendición!
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[A la poesía y a la prosa] intento mantenerlas separadas, pero no siempre funciona. Un texto en prosa, sin que tenga que pensarlo, puede convertirse en un poema. Pero nunca he escrito un poema que se convierta en un ensayo o un relato. En algunos libros —¿Águila o Sol? y El mono gramático— intenté que la prosa llegara hasta la frontera con la poesía, no sé con cuanto éxito.
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Reviso incesantemente. Algunos críticos dicen que demasiado, y puede ser que tengan razón. Pero si revisar es un peligro, es un peligro mayor no hacerlo. Creo en la inspiración, pero también creo que tenemos que ayudar a la inspiración, contenerla e incluso contradecirla.
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Cuando empiezo a escribir, lo que más me gusta crear es poesía. Preferiría ser recordado por dos o tres poemas más que por mis ensayos. Sin embargo, como soy un moderno y vivo en un siglo que cree en la razón y la explicación, pertenezco a una tradición de poetas que de un modo u otro han escrito defensas de la poesía. Pensemos en el Renacimiento y luego en los románticos —Shelley, Wordsworth en el prefacio a Baladas líricas—. Bueno, ahora que estoy en el final de mi carrera, quiero hacer dos cosas: seguir escribiendo poesía y escribir otra defensa de la poesía.
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¿Hacia donde voy? Esa pregunta me la hice cuando tenía veinte años, luego otra vez cuando tenía treinta, luego cuando tenía cuarenta, cincuenta… nunca pude contestarla. Ahora sé algo: tengo que persistir. Eso significa escribir y enfrentar, como cualquier otra persona, el otro lado de toda vida —lo desconocido.