Durante muchos años los drones fueron vistos como una tecnología asociada con la fotografía, el entretenimiento, la vigilancia y algunas aplicaciones militares muy especializadas. Hoy la realidad es muy diferente. Estos pequeños aparatos se han convertido en protagonistas de conflictos armados y, cada vez con mayor frecuencia, en una amenaza para la seguridad pública. Lo que estamos presenciando es el nacimiento de una nueva carrera tecnológica: mientras unos perfeccionan los drones para atacar y evitar ser detectados, otros desarrollan sistemas cada vez más sofisticados para detenerlos.
Los conflictos recientes han demostrado la velocidad con la que está evolucionando esta tecnología. En escenarios como Ucrania y Medio Oriente, los drones realizan misiones que hace algunos años requerían aviones, helicópteros o sistemas militares mucho más costosos. Pueden observar posiciones enemigas, transportar explosivos, atacar vehículos e infraestructura e incluso operar coordinadamente con otros equipos. Pero el problema ya no pertenece exclusivamente al terreno militar. Organizaciones criminales también han comenzado a utilizarlos contra fuerzas de seguridad y población civil, convirtiendo una tecnología relativamente económica y accesible en un nuevo desafío para los gobiernos.
Lo interesante es que estamos frente a una verdadera guerra tecnológica. Cada avance genera casi inmediatamente una respuesta. Si un sistema antidrones interfiere las frecuencias utilizadas para controlar un aparato, aparecen drones capaces de trabajar con métodos de comunicación diferentes. Si se bloquea la señal de navegación satelital, se desarrollan sistemas con mayor autonomía para continuar su trayectoria. También hemos visto el uso de drones controlados mediante fibra óptica, lo que dificulta combatirlos con los métodos tradicionales de interferencia electrónica.
Del otro lado sucede exactamente lo mismo. Los sistemas antidrones también evolucionan. Existen soluciones para detectar señales de radiofrecuencia, radares especializados, sistemas ópticos, interferencia electrónica, drones interceptores e incluso armas de energía dirigida como los láseres. La defensa ya no consiste simplemente en bloquear una frecuencia. Primero hay que detectar el objeto, identificarlo, determinar si representa una amenaza y finalmente decidir cómo neutralizarlo sin poner en riesgo a las personas que se encuentran alrededor.
¿Quién está ganando esta guerra? Por ahora nadie de manera definitiva. En algunas batallas los sistemas de defensa logran detener los ataques y en otras los drones encuentran la manera de superar las barreras. Es una competencia permanente en la que cada solución provoca el desarrollo de una nueva estrategia. Algo parecido a lo que durante décadas hemos observado en la ciberseguridad: alguien encuentra una vulnerabilidad, otro la corrige y poco después aparece una nueva forma de ataque.
La diferencia es que ahora las consecuencias ocurren en el mundo físico. Un ataque informático puede paralizar un sistema, pero un dron puede transportar una carga peligrosa y alcanzar directamente una instalación, un vehículo o una persona. Además, el costo de entrada es cada vez menor. Ya no es necesario contar con la infraestructura tecnológica de una potencia militar para adaptar un equipo comercial y convertirlo en una amenaza.
Aquí aparece una discusión que tendremos que enfrentar muy pronto: ¿debería existir un control más estricto sobre la venta de drones y determinados componentes? La respuesta no es sencilla. Regular excesivamente podría afectar actividades legítimas en agricultura, construcción, fotografía, seguridad, logística y muchas otras industrias que utilizan esta tecnología todos los días.
Probablemente la solución no estará en una sola medida. Será necesario combinar regulación, identificación de equipos, zonas restringidas, sistemas de detección, protocolos de reacción y mayores capacidades tecnológicas para las instituciones encargadas de proteger instalaciones estratégicas y espacios públicos.
Otro punto importante será definir dónde colocar estos sistemas de protección. Aeropuertos, centrales eléctricas, instalaciones militares, centros penitenciarios, edificios gubernamentales y eventos con grandes concentraciones de personas son algunos ejemplos. No necesariamente todos requieren las mismas herramientas. La defensa tendrá que diseñarse de acuerdo con el riesgo, porque detectar un dron en una zona rural no representa el mismo desafío que neutralizarlo sobre una ciudad llena de personas.
Lo preocupante es que apenas estamos viendo el comienzo. La incorporación de inteligencia artificial permitirá que algunos drones tengan mayor capacidad para reconocer objetos, modificar rutas y realizar determinadas tareas con menor intervención humana. Esto obligará a que los sistemas de defensa también incorporen inteligencia artificial y mecanismos automáticos de detección y respuesta. Será una competencia entre máquinas que observan, analizan y reaccionan cada vez con mayor rapidez.
Durante décadas imaginamos las guerras del futuro con enormes máquinas y armas extraordinariamente costosas. La realidad parece estar tomando otro camino. Parte de esa guerra puede caber en una mochila, costar unos cuantos miles de pesos y volar sobre nuestras cabezas sin que siquiera la escuchemos.
La guerra antidrones ya comenzó. Por el momento no existe un ganador definitivo y probablemente no lo habrá durante mucho tiempo.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga