La vanguardia de la sociedad se refleja en el partido en el poder, cuando hay una organización partidista real, convencida a los esquemas políticos del gobierno y su líder; sin embargo, en México vemos un partido en el poder que está concentrado en las elecciones se trata de un organismo monotemático que ni siquiera tiene capacidad de crear cuadros.
Morena es un partido huérfano de la identidad política del Cuarta Transformación, se aprecia de cerca y de lejos como un partido del siglo pasado, a pesar de haber nacido en éste. Las tareas propias de un partido aunque no se ejerza el poder, son diversas, complementarias a las tareas de gobierno, una defensa de la política y un blindaje ideológico para continuar las ideas de los preceptos que llevaron al triunfo electoral al actual gobierno.
Morena se volvió un partido que no sabe qué hacer con el poder. Menos aun cómo consolidar una fuerza partidista con un liderazgo que lo tiene y lo mantiene rebasado permanentemente. Ni siquiera ha sido capaz Morena de abrir un espacio jurídico como dique de contención a los amparos que la oposición interpone para impedir que gobierne López Obrador.
El partido en el poder, Morena, está rebasado por la población, los simpatizantes, los militantes, pero también por el propio gobierno que le sirve de salvavidas. Así como habría que preocuparse por la preservación de los candidatos de ese partido en el triunfo electoral, debe retomar la vanguardia y planear para el futuro, porque el único calendario que entiende morena es ele electoral.
En la marcha del 27 la cúpula de Morena estuvo más cerca del Presidente que de la gente, y esto es una clara de su diario proceder. Su alejamiento de la población es evidente, y en la única actividad que realiza, que son las elecciones, son incapaces de conocer el sentir de la gente, porque a la hora de seleccionar candidatos, no toman en cuenta a los líderes naturales y prefieren gente que sea conocida en el centro del país que en el lugar donde serán los comicios.
Morena es una actividad muy alejada no sólo de la población sino de las actividades que le son propias. Desde luego ningún partido lleva su trabajo como es debido y debería ser amonestado por el árbitro electoral pero éste se centra en la lucha por la inmovilidad de la democracia. La responsabilidad de un partido en el poder es mayor desde el momento en que debe fortalecer a la población, en primer lugar, para ser el puente entre el poder y el pueblo; y, en segundo blindar al poder, a sus líderes y al gobierno, para preservar su preferencia electoral, pero no lo hace.
La pasividad de Morena ante la sociedad y ante la política es preocupante.