Si bien era de esperarse que en casa y con su gente se ganará, no se anticipaba un triunfo tan evidente y sin demasiadas complicaciones. Aunque enfrente se tenía un rival fuerte, que no debía tomarse a la ligera, las expectativas eran muchas y el trabajo realizado cumplió con ellas: La alianza encabezada por el PRI ganó las 16 diputaciones de mayoría en Coahuila.
Estamos en tiempos mundialistas pero el país no se detiene y la política menos, y mientras los goles fluyen -bien por la selección-, no podemos dejar de lado este triunfo porque ocurre en la antesala del proceso electoral de 2027. Si bien el resultado no define por sí mismo el futuro del país, sí manda un mensaje importante.
Morena, el partido de la presidencia, de la mayoría legislativa federal, de buena parte de las gubernaturas y con una maquinaria territorial que presume más de 11 millones de afiliados, no pudo ganar en Coahuila un solo distrito y en algunos casos, de acuerdos con los datos, con derrotas de tres a uno.
Este resultado demuestra que tras ocho años en el poder, en Coahuila el discurso nacional de Morena y gobierno no fue suficiente. El electorado no solo votó en contra de la 4T, votó a favor de un gobierno que le ha brindado seguridad y confianza. A eso se suman los problemas internos, una débil organización territorial, el papel de la ex dirigencia nacional, la selección de candidatos y la ausencia de una propuesta capaz de mostrarse como alternativa al gobierno de Manolo Jiménez.
Morena no puede reducir la derrota a que se vivió “una elección de Estado”. Existieron irregularidades, cierto, pero no puede limitarse a decir que el resultado se debe exclusivamente a factores externos, la soberbia ahorita no ayuda. Tampoco puede caer en absurdos diciendo que no es una derrota, como dijera el vocero del partido en la Cámara de Diputados, porque “no se puede perder lo que no se tenía”. Morena sí perdió y mucho: la posibilidad de crecer en una entidad importante, fortalecer su narrativa de tener respaldo social y la oportunidad de demostrar que su presencial nacional puede romper cualquier bastión local.
El PRI, por su parte, tampoco debería echar las campanas al vuelo. Ganó y ganó bien, pero Coahuila no es México. El priismo gobierna Coahuila desde hace 97 años, mantiene estructuras territoriales fuertes y cuenta con un gobernador que ha sabido construir legitimidad, principalmente por sus acciones en materia de seguridad. Sin embargo, este escenario no existe en todo el país. En muchas entidades el PRI simplemente no aparece, como en la Ciudad de México, y sus figuras no generan cercanía, sino más bien rechazo. Su dirigencia nacional posee una imagen negativa de la cual es difícil alejarse.
La elección también deja lecciones al PAN y el resto de la oposición. El PAN pasó de ser la segunda fuerza en la entidad a perder sus prerrogativas. Este resultado es una seria advertencia: no pueden vivir únicamente de errores de Morena, deben organizarse y trabajar. Lo mismo pasa con los demás partidos, pero especialmente los “aliados de Morena” quienes deben considerar que de alejarse del partido guinda, perderán más de lo que ganan y no, no hablo de votos.
Lo ocurrido en Coahuila muestra que Morena no es indestructible y que la oposición con trabajo y liderazgos efectivos puede derrotarlo. Si Morena no reconoce sus fallas, no duden que estos resultados, gracias a la oposición o pese a ella, se repliquen en más entidades del país. En política, como en el futbol, no siempre gana quien presume más apoyo, sino quien sabe jugar mejor.