Hay familias en la Ciudad de México que pasan días esperando una pipa para llenar un tinaco. Hay otras que, cuando llega la lluvia, sacan cubetas, trapeadores y escobas para intentar que el agua no se meta a sus casas. Parece una broma de mal gusto. No lo es. Es la realidad de una ciudad que no ha logrado resolver ni la escasez ni las inundaciones.
Con agua sí, bajo el agua no.
No es una ocurrencia. Es el reclamo de millones de capitalinos que todos los días viven alguno de esos dos extremos. Abrir la llave y que no salga una gota. O abrir la puerta de su casa y encontrarse con una calle convertida en río.
Lo más preocupante es que esta historia se repite mientras los gobiernos anuncian inversiones multimillonarias para infraestructura hidráulica. Cambian las cifras, cambian los discursos y cambian los funcionarios. Lo que no cambia es la experiencia de los ciudadanos. Siguen las mismas colonias inundándose. Siguen los mismos vecinos esperando el suministro de agua.
Por eso merece atención la denuncia presentada por Salomón Chertorivski, en representación de Movimiento Ciudadano, ante la Contraloría General de la Ciudad de México. Lo que solicita es que se revise el destino de más de tres mil trescientos millones de pesos anunciados para obras de infraestructura hidráulica. No pide una condena anticipada. Pide que una autoridad revise si esos recursos se ejercieron correctamente y si las obras prometidas realmente se tradujeron en beneficios para los capitalinos.
La reacción no debería ser el enojo. Debería ser la transparencia. Cuando se administran recursos públicos, rendir cuentas no es una concesión; es una obligación. Si el dinero se aplicó conforme a la ley y las obras se ejecutaron como fueron anunciadas, una investigación lo acreditará. Si no fue así, la ciudadanía también tiene derecho a saberlo.
Lo que ya nadie puede negar es la realidad. Hay colonias donde el agua potable sigue siendo un lujo intermitente. Hay vialidades que se convierten en trampas cada vez que llueve. Hay familias que pierden patrimonio una y otra vez mientras escuchan que ahora sí vienen las soluciones definitivas.
El agua no debería convertirse en un problema sin importar si falta o si sobra. Gobernar implica garantizar que llegue a las casas y que deje de inundar las calles. Lo demás son discursos.
La Ciudad de México merece una política hídrica que funcione y un gobierno dispuesto a explicar cómo ejerce cada peso del dinero público. Porque la confianza no se construye con anuncios. Se construye con resultados. Y esos, por desgracia, siguen sin llegar.