La obsesión de muchos políticos es una patología digna de ser analizada por los mejores psicólogos, su visión de la realidad, no les permite apostar por objetivos que no se plasman en resultados: económicos, políticos, y sociales de forma inmediata.
En la mayoría de las ocasiones no son hombres generosos sólo piensan en política. Su naturaleza, su fuerza, su instinto se dirigen a objetivos políticos, a acciones pragmáticas que acrecientan su imagen ante el pueblo y pueden plasmarse en votos para su partido.
Y en verdad, después no hay más en el arsenal intelectual de muchos de ellos, sus motivos de vida son; políticos, los triunfos intermedios también son políticos y al final de su jornada, sólo encuentran la política.
Donald Trump, nos mostró que, como presidente, es el político más transparente en la historia de los Estados Unidos. Le bastan unos pocos minutos al micrófono para que todas sus: filias, fobias y sus expectativas e indecisiones salgan a la vista de todo el mundo.
Al lado de las descalificaciones baratas suelen incluir una falsa contrición (“con todo respeto”, “lo digo, aunque se me tache de autoritario”), pero estos ataques no esconden el deseo constante de reconocimiento, de hacerse validar por la crítica hablando de su lenguaje.
Basta recordar cómo Trump no escatimó; cifras, números y porcentajes, a lo largo de su mandato, en muchos de sus discursos posteriores, los mismos que son la obsesión de los tecnócratas para intentar probar que su política salarial se reflejaba positivamente en el aumento del ingreso promedio de los trabajadores, que la mitad de los hogares del país están recibiendo algún tipo de subsidio y que se está apoyando a millones de jóvenes con préstamos estudiantiles.
Pero permíteme viajar por el mundo de la filosofía para tratar de entender a esta especie humana particularmente, los políticos.
Platón, por ejemplo, veía al político ideal como el hombre o mujer en “el más perfecto, equilibrio y correspondencia con la virtud” y como característica debería poseer “nobleza moral” o ser designado “entre los mejores escrupulosamente escogidos”.
Para Aristóteles, los políticos deberían tener especial capacidad para el cargo, lealtad con las leyes y virtudes personales, “pues sin el dominio de ellos mismos no podrían ser de utilidad para su comunidad”.
Y para Cicerón… “un sólo deber le impongo al político porque comprende todos los demás: el de estudiarse y vigilarse constantemente con objeto de poder invitar a los demás a imitarle y de ofrecerse él mismo, por la limpieza y brillo de su alma como espejo a sus conciudadanos”.
En la actualidad damos escasa importancia a las condiciones de los “llamados” a dirigir un país, sólo falta revisar algunos nombres recientes y los ejemplos abundan.
@arnc7