El escándalo que se armó por la iniciativa de empalmar las elecciones intermedias con la revocación de mandato, revela que MORENA es cada vez más descarada, y que la oposición es cada vez más mediocre. El partido en el gobierno sabe que, si acaso tiene cuadros, no son ni muy vendibles ni muy identificables hacia el electorado. De hecho, fuera de la propia presidenta y quizás Omar García H., los personajes más célebres de la 4T son más bien cínicos impresentables, como Adán Augusto y Noroña, o compuestos volátiles y delirantes frente al micrófono, como el señor Taibo y sus panfletos ecocidas. Entre los alineados, la única resonancia que vale es la cercanía (real o simulada) qué fulana o mengano tienen con la presidenta, y lo convencidos que están de su proyecto, como si les quedara de otra.
Ahora bien, podría objetarse que la asimilación de las candidaturas a la marca es natural y, si no muy digno, al menos racional en un contexto populista en el que la cabeza de un movimiento goza de elevada aceptación. Y cuando la idiosincrasia de un país tiende al paternalismo caudillista, pues más. Todos recordamos la campaña de "Marcelo es mi carnal, porque es muy popular", con la imagen de una caricatura de AMLO respaldando al candidato Ebrard, y los propios berrinches del exmandatario cuando, luego de que MORENA perdió una elección estatal, diagnosticaba: "el problema es que yo no estaba en la boleta". Y efectivamente no estaba, porque él no podía ser candidato a todos los puestos, todo el tiempo.
Hoy, la aprobación de la presidenta Sheinbaum, en los datos, vuelve atractiva para su partido la posibilidad de que tanto la imagen como el nombre de la mandataria esté asociada al proceso de elecciones de 2027. La verdad es que en México todas las elecciones federales (y varias locales) son, de facto, un referéndum sobre el desempeño del gobierno federal, y más específicamente, sobre la persona que en ese momento detenta la presidencia de la República. A lo mejor no debería ser así; es interesante concebir un electorado con la información suficiente y el cálculo necesario para emitir un voto diferenciado, teniendo claridad de los alcances del cargo que está eligiendo: optar, para su alcaldía o municipalidad, por la persona que más demuestre conocimiento de los problemas locales, y usar un criterio semejante para elegir al diputado de su distrito; ponderar los peligros de una mayoría calificada en las cámaras, de manera que emita un sufragio que haga contrapesos por diseño; en fin, que en cada elector tuviéramos un modelo de árbol decisional con el que sueñan los politólogos en las noches de verano. Pero no tenemos eso.
La oposición, por su parte, denuncia que lo que pretende el partido en el poder es precisamente eso que describimos, convertir el proceso de 2027 en un referéndum que, si nada cambia, haría que MORENA de nuevo arrasara con todo en todas partes. Lo más triste es que eso implica el reconocimiento de que, con todo y las denuncias de incongruencia, corrupción y hasta franco analfabetismo que se vierten cotidianamente contra la nueva clase política, ni los ataques ni los hechos parecen hacer mella en su legitimidad popular, que está como si nada donde cuenta, que es en las encuestas y en las urnas. Y si una parte de ese voto duro es producto de la movilización clientelar y corporativa, ese es otro aspecto que saben hacer los de hoy, y que no supieron hacer los de ayer, con todo y la práctica de varios sexenios.
Eso nos obliga a dirigir la mirada a la mediocridad pasmosa, discursiva y programática (como ha dicho Fernando Dworak) de la oposición en México. Salvo Lilly Téllez pateando caídos en el Senado, con groserías y todo, y los diez priístas que quedan peleándose por el último blockbuster, lo que tenemos es la ira cotidiana de una clase política que no entiende cómo la mayoría de la gente “no ve” por lo que han votado. Pero es todo lo contrario, y esto sin prejuzgar sobre la calidad de los gobiernos morenistas. El punto es que, desde AMLO, el acercamiento del gobierno a la política es clientelar y demoscópico, y eso es lo que ha llevado a MORENA a ganar casi todas las elecciones por amplio margen. Y esa óptica no ganará ningún premio de integridad, pero si algo es, es profundamente racional. Y la oposición no entiende.