En la turbulenta primavera de 2026, la retórica del "América Primero" que catapultó a Donald Trump de regreso al poder ha colisionado con una realidad innegable: la guerra es un negocio sumamente lucrativo, pero solo para un club exclusivo. Mientras la nación se ve arrastrada a conflictos armados en Irán y Venezuela, y una amenaza constante a los cárteles mexicanos y a sus aliados; en el país vecino hay personas que se está enriqueciendo, sin embargo la actual economía de guerra no está diseñada para aliviar la carga financiera del ciudadano común, sino para engordar los márgenes de beneficios de corporaciones específicas bajo el noble manto de la seguridad nacional, quienes asumen la carga de poder volver américa grande otra vez.
Para el estadounidense de a pie, el presente año es un duro ejercicio de supervivencia financiera. La inflación ha vuelto a asomar su rostro más cruel, fuertemente impulsada por las disrupciones en las cadenas de suministro globales y el encarecimiento exponencial de los fertilizantes, disparando el precio de los alimentos básicos en todos los supermercados. A este escenario adverso se suma la alarmante pérdida de empleos civiles y una dura guerra arancelaria que asfixia rápidamente el poder adquisitivo. Sin embargo, si uno enfoca la mirada analítica en Wall Street y los pasillos del Pentágono, el panorama es radicalmente opuesto. Existe un blindado ecosistema corporativo inmune al dolor económico generalizado que está experimentando un auge sin precedentes, exponiendo la verdadera naturaleza elitista de estas políticas bélicas contemporáneas.
El principal ganador indiscutible de esta peligrosa escalada es el todopoderoso complejo militar-industrial. La guerra directa contra Irán ha puesto a la enorme base de fabricación de armas del país en un lucrativo pie de guerra permanente. Recientemente, el presidente Trump convocó a la Oficina Oval a los poderosos directores ejecutivos de los titanes de la defensa, incluyendo a gigantes aeroespaciales como Lockheed Martin, RTX, BAE Systems, Boeing, Northrop Grumman y Honeywell Aerospace. El resultado tangible de esta reunión fue un acuerdo gubernamental masivo para cuadruplicar la producción de lo que la administración bautizó orgullosamente como armamento de "clase exquisita". Para estas inmensas corporaciones, el letal conflicto armado representa el catalizador comercial perfecto para garantizar altísimos ingresos asegurados por varias décadas.
Las cifras exactas que manejan estos grandes contratistas de defensa son verdaderamente astronómicas y difíciles de asimilar para un trabajador convencional. De la gran oleada de operaciones en el Medio Oriente, cada moderno interceptor del sofisticado sistema de misiles Patriot PAC-3 tiene un precio unitario que ronda los 3.7 millones de dólares, mientras que un enorme proyectil del sistema THAAD cuesta aproximadamente 12.7 millones de dólares. Cada vez que uno de estos costosos misiles surca el cielo nocturno para interceptar un ataque, millones de dólares del presupuesto federal se esfuman literalmente, transformándose de manera instantánea en jugosos ingresos para los fabricantes. Ante el inminente agotamiento de esos arsenales, el Pentágono prepara una gran solicitud al Congreso por 200,000 millones de dólares adicionales solo para reponer municiones. Consecuentemente, las acciones de estas afortunadas compañías han alcanzado fabulosos niveles máximos históricos.
Pero el poderoso complejo armamentístico no es el único gigante empresarial festejando en este convulso escenario de guerras internacionales; la inmensa industria de los hidrocarburos domésticos en Estados Unidos se alza indudablemente como el segundo gran vencedor. La precipitada decisión iraní de cerrar el tránsito comercial en el vital Estrecho de Ormuz ha provocado la mayor alza de precios de suministros energéticos en la historia del mercado petrolero, bloqueando efectivamente una quinta parte del consumo mundial de crudo, lo que es equivalente a unos 20 millones de barriles diarios varados en el Golfo.
Como consecuencia económica directa e inevitable, los precios del crudo Brent superaron rápidamente la abrumadora barrera de los 120 dólares por barril en el mercado global. Mientras los desesperados aliados europeos y asiáticos enfrentan pánico energético y el ciudadano local sufre enormemente al llenar su tanque de gasolina en las estaciones de servicio, las grandes petroleras nacionales están capitalizando la tragedia global maravillosamente. Pero ¿cuánto durará esta burbuja energética?
A diferencia de las severas crisis petroleras de la década de mil novecientos setenta, Estados Unidos ha entrado en este nuevo conflicto armado fuertemente posicionado como el indiscutible y mayor productor mundial de petróleo. Esta envidiable posición dominante significa que la brutal interrupción logística en el Medio Oriente aísla en gran medida a la industria energética nacional de los peores golpes de la escasez física global, permitiéndoles comercializar su valioso producto extraído a precios internacionales super inflados por la coyuntura.
Un barril firmemente posicionado por encima de los 120 dólares garantiza márgenes de rentabilidad estratosféricos e injustificados, generando colosales ganancias caídas del cielo para estas corporaciones energéticas. De hecho, el altísimo costo energético mundial ha llevado paradójicamente a prever un incremento del producto interno bruto estadounidense que se encuentra impulsado casi de forma exclusiva por la inmensa demanda energética nacional y los altos precios. Gracias a ello, que lo mediten nuestros cuatroteístas gobernantes y México también ha salido ganando, por lo menos hasta que se libere la navegación en el estrecho.
En definitiva, al analizar de manera objetiva quién se beneficia verdaderamente de la hiperactiva y agresiva economía de guerra de la actual administración, la cruel respuesta desmitifica rotundamente cualquier noción idealista de heroico sacrificio ciudadano compartido. Las enormes e incalculables ventajas económicas generadas por las acciones bélicas que beneficiarán a las naciones de América y a sus poblaciones, podemos preguntarnos y casi no dudarlo ¿lo habrá planeado así Trump?
Esta cruda dinámica macroeconómica facilita un enriquecimiento veloz de ciertos grupos, que deberán ser responsables socialmente y sometidos a nuevos y temporales cargas impositivas, para que las ganancias permeen a toda la población de dichas naciones, donde el abultado déficit público y la deuda que heredarán nuestras futuras generaciones se deberán ajustar de manera directa y acelerada hacia las codiciosas arcas corporativas, logrando la conquista de la tan anhelada justicia social y que nadie sea juzgado a lo largo de la historia.