La academia mexicana arrastra un problema profundo: la endogamia. Lo que inicialmente se concibió como autonomía ha derivado en redes cerradas donde altos cargos como rectores o directores son designados entre los mismos grupos, sin libertades reales, y quienes los desafían son aislados o destituidos.
Esta dinámica ha permitido que familias y camarillas controlen universidades estatales y, en ocasiones, también las más prestigiadas. El resultado: élites académicas que reproducen privilegios, excluyen disidencias y convierten las plazas en botines políticos. Aunque existen espacios abiertos, son la excepción; la norma prevaleciente es la exclusión, lo cual merma la competencia, la innovación y deja rezagado al talento nacional.
En el ámbito internacional, la percepción es clara: la academia mexicana produce documentos sin generar debates relevantes ni aportaciones originales. La pretendida internacionalización reproduce fórmulas estilizadas sin sustancia —una simulación de modernidad.
Una opción que debería fortalecer el sistema —como la autonomía— se ha convertido en un escudo para las camarillas. Los intentos de reforma en el sexenio anterior fueron vencidos por la élite académica; en el actual, la estrategia predominante fue optar por la convivencia abdicando ante las estructuras de poder vigentes.
El crecimiento del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores ha permitido un aumento en académicos y publicaciones. Sin embargo, esto no se ha traducido en desarrollo, innovación ni igualdad. En muchas áreas, los artículos no generan patentes; en las ciencias sociales, los marcos conceptuales son importados y ajenos a la realidad mexicana —una colonización del pensamiento.
Aunque el país cuenta hoy con más investigadores que nunca, este capital humano no ha impulsado el progreso. La endogamia y la dependencia intelectual impiden que el conocimiento contribuya a la innovación, el desarrollo y la justicia social.